Bolivia en la coyuntura mundial actual
¿Qué puede hacer un país periférico, pobre, tercermundista y en vías de buscar su identidad, por el mundo? Nada. Seguir nomás en la senda de construir algo de Estado, algo de mercado interno y algo de normalidad. Avanzar al menos en conseguir algo de modernidad, a pesar de los pesares. Porque no podemos seguir en el siglo XIX, donde nos hemos detenido mentalmente, espiritualmente con todos los imaginarios que eso supone.
Romper con las historias paralelas, que arrastramos desde la colonia, que simplemente nos impiden integrarnos para por fin ser bolivianos. Historias paralelas que resurgen cuando las crisis brotan como volcanes, sacando a flote esas historias paralelas que no dialogan, sino se confrontan incluso sangrientamente.
Romper con las mentalidades del siglo XIX, ancladas en lo más profundo de los comportamientos clasistas, culturales y costumbristas, que impiden precisamente una real integración y mezcla o mestizaje espiritual, que genere otra mentalidad: lo boliviano. Sin perder la enorme riqueza cultural de todas las mentalidades, heredadas desde tiempos inmemoriales.
Sin embargo, también podemos aprender de ese mundo que nos rodea con fuerza, con rudeza, golpeándonos todos los días. Aprender que la modernidad tiene sus ventajas para entrar al sistema; pero que tiene también sus terribles peligros demostrados a lo largo de los siglos desde el siglo XVI.
Aprender de los errores, que no es fácil. La historia muy poco enseña y muy poco sirve, como sucede hasta hoy por el mundo. Guerras interminables, sangre, odios no resueltos, inutilidad de la diplomacia y la política. Visiones del ojo por ojo, enceguecimiento ideológico, y en definitiva la muerte como el único esquema de visión total y enfrentamiento fratricida de los humanos. Sobre todo, de los supuestos países cultos y civilizados, que son los más cavernarios y sanguinarios montados en las tecnologías más sofisticadas posibles, para vengarse y matar al adversario.
Pues, esos rotundos fracasos de la modernidad y postmodernidad, pueden también enseñarnos si es que somos capaces de aprender. Pero por ahora ni siquiera somos capaces de construir lo nuestro, lo propio. Nuestra propia identidad, para luego proyectarnos al mundo.
Construir lo nuestro, después de tantos fracasos. Después de no aprender del pasado, de la historia y sus posibles lecciones. Construir un mínimo consenso como país, a la altura de los desafíos actuales que son muchos y absolutamente concretos. Básicos incluso. Postergados desde el siglo XIX, que arrastramos como trapos viejos y nostálgicos que no cambiamos mentalmente, costumbristamente. Que preferimos arrastrar esos trapos viejos, mentales, como excusas para no cambiar y dejar esos trapos viejos en el basurero de la historia.
Dejar los mitos, las creencias y los fracasos son ciertamente lo más difícil. Sobre todo, cuando no hay los esfuerzos de generar otros valores, otros derroteros y otros imaginarios. Porque, quizás, no tenemos los grupos y los pensadores o líderes necesarios para estos tiempos. Cierto, la coyuntura nos agobia, la sobrevivencia nos vence, no nos deja pensar realmente en lo estratégico. En lo más importante: ¿qué somos? ¿Cuál es nuestro destino? En fin.
Lo cotidiano de la pobreza, de la sobrevivencia, de la mentalidad de la inercia y el azar, son insumos que nos golpean con dureza impidiéndonos realmente cranear, pensar, repensar estrategias de país. Nos contentamos con muy poco. Con sobrevivir y tener algo para paliar la dureza de la miseria: mental y material. Aspectos que nos llevan a la incertidumbre total como sociedad, como colectivo. Incertidumbre muy cerca del canivalismo y la búsqueda de explicaciones en lo mágico y la adivinanza, ante la brutal incertidumbre.
Pero, pues, no tenemos alternativas más allá de los aprendizajes que tenemos que realizar. De nuestras propias miserias y derrotas. De nuestros propios errores y fracasos. Eso es lo que tenemos en el rostro de estos tiempos complejos y desafiantes. Esas son nuestras raíces comunes, que cruzan clases sociales, culturas y costumbres.
Como consuelo, hemos tenido también momentos de triunfos y glorias como país y colectivo. Muy pocos, hay que verlos como momentos emblemáticos quizás con posibilidades de réplica en otros momentos. Conquistas de espacios democráticos, triunfos deportivos, triunfos culturales de parte de nuestros artistas y músicos.
Sin embargo, no podemos hacer nada por el mundo, ni siquiera podemos hacer algo por nosotros mismos. Apenas empezamos otra oportunidad de iniciar otro proceso social, político y económico. Veremos cómo se encarga el futuro, de diseñar y ejecutar este nuevo proceso social.
Pues sí, tenemos que ser nosotros mismos para proyectarnos al mundo. Eso es Estado, sociedad, tejidos sociales, colectivos, empresas privadas, organizaciones sociales. Identidad, proyección a partir de consensos de país. Nuestras potencialidades son enormes; pero sólo son promesas. Ni siquiera mercado interno tenemos, o demasiado débil y sin capacidad de articulación económica interna.
Pues sí, nuestros desafíos: superar y vencer a la mediocridad estructural, que es parte de la mentalidad de la corrupción. Superar y vencer a las historias paralelas que no nos dejan integrarnos, entre mentalidades, entre culturas, entre miradas distintas. Si no, seguiremos nomás allá en el siglo XIX sin ni siquiera entrar al siglo XX, es decir ni siquiera a la modernidad.
