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El árbol bueno

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08.03.2026

Mi madre me decía por teléfono que, al ver en las noticias las bases de Rota y Morón —ya saben, la negativa del presidente Sánchez a que se utilicen por Estados Unidos en la guerra emprendida contra Irán más allá de un uso humanitario—, el televisor la había llevado de nuevo a cuando Mario estaba ingresado. Tan profundo fue ese viaje en la memoria que ni siquiera lo llamó por su nombre, sino «nuestro pequeñín». Mientras Mario se debatía entre la vida y la muerte en la Unidad de Cuidados Intensivos de Son Dureta, en Palma, mi madre, desde su huerto en Sant Antoni, en Ibiza, rezaba a su dios. Pero al levantar la cabeza y mirar al cielo, los rugidos de los cazas interrumpían sus plegarias. Sobrevolaban para ir a matar a otros niños. «Iban a Kuwait, ¿lo recuerdas? No, tú no lo recordarás porque estabas todo el día encerrada en el hospital».

Y es cierto, yo me había vuelto de piedra en la butaca de la sala de espera hasta aquella mañana maldita en que nuestro pequeñín, con solo dos años, me dijo: «Mamá, ayúdame, no puedo más». Fue la única vez, lo juro, que lo solté por un momento para irme a llorar a gritos por los pasillos. Así, de esta manera exacta, se va formando esa red de asociaciones que nos lleva irremediablemente de vuelta a los dormitorios de las cosas que nos duelen. Porque el doler, como el querer, nunca es ayer, sino siempre todavía.

Pero mi madre, aunque tenía razón, también se equivocaba: de guerra, quiero decir. Y no hay quien la culpe. Yo misma lo he tenido que mirar, y por fechas, aquellos cazas probablemente se dirigían a Irak o, más probablemente, a Kosovo. Desde que nací,........

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