Propalestinos y proisraelís: polarización al cubo
Joan Cañete Bayle
Periodista
Leonard Beard. / 5
En el ágora conversacional, el conflicto entre palestinos e israelís es intratable, ingobernable. Resulta heroico mantener un debate público y político al respecto en medio de un ruido atronador, una intoxicación máxima, toneladas de manipulaciones y falsedades, posiciones de superioridad moral absolutas y engrasadas maquinarias de propaganda. La propensión al insulto y a otras formas de violencia es muy elevada y surge muy pronto, sobre todo en redes, pero también en otros ámbitos como el político o el mediático: antisemita, genocida, terrorista, racista. Como sucede en todos los campos (el militar, el geopolítico, el económico, etcétera), la relación de fuerzas entre las dos partes en este terreno es desequilibrada. No obstante, si hay un terreno en el que los palestinos aspiran a mirar cara a cara a los israelís es justamente el de la conversación pública.
En la conversación sobre el conflicto palestino-israelí convergen tres capas de polarización: es un tema polarizado al cubo. Ha sido así desde hace mucho tiempo; en el actual estado del ágora pública (la polarización del algoritmo, las burbujas de atención, el zasca y el postureo como estrategia comunicativa de políticos, gobiernos y estados, etcétera), el ruido se eleva exponencialmente.
La primera capa de polarización es la del conflicto 'per se'. Es el más mediático del mundo, ha generado historia por encima de sus posibilidades, encadena en poco más de un siglo guerras, impactantes actos terroristas, líderes icónicos, innumerables procesos diplomáticos y un denso 'corpus' legal (resoluciones de la ONU, planes de paz, estudios académicos, trabajo de historiadores…) objeto de una continua impugnación. Los hechos, desde que se creó a finales del siglo XIX al norte de lo que entonces era Palestina y hoy es Israel la primera colonia de inspiración sionista, son claros y están ampliamente documentados; sobre qué ha pasado y está pasando no hay mucho que discutir: el proyecto sionista controla de una forma u otra todo el territorio de la antigua Palestina del mandato británico. En cambio, los relatos son múltiples, antagónicos y confrontacionales. Todo ello bajo el foco de un interés mediático inagotable. “¿Por qué hay tantos periodistas extranjeros aquí, por qué no informáis de otros conflictos?”, solían preguntarnos ciudadanos israelís a los corresponsales en los años duros de la segunda Intifada. Porque, para las grandes capitales de Occidente, Israel siempre ha sido un asunto interno.
La segunda capa de polarización es la ideológica. El primer eje obvio es la división izquierda pro palestina/derecha pro israelí. No siempre ha sido así (la atracción de los 'kibutz' sobre la izquierda; ciertas derechas y extremas derechas son herederas en sus países de una profunda tradición antisemita), pero hoy es tan potente que incluso hace mella en la izquierda en Estados Unidos, un país que, junto a Alemania, constituye un caso particular en su relación con Israel. Hay otros ejes y debates ideológicos: el norte/sur; los defensores de organismos y reglas de gobernanza internacional y quienes deploran el multilateralismo; el autoritarismo y déficit democrático del mundo árabe; el papel político y social del islam, no solo en la zona, sino también en los países europeos; el nacionalismo como forma de crear y gobernar un Estado… Hay uno que adquiere fuerza y cuyo desarrollo está por ver con la expansión de la extrema derecha: el 'establishment' pro israelí frente a los antisistemas pro palestinos. Y, por supuesto, el racismo, el antisemitismo y la islamofobia emponzoñan la conversación.
La tercera capa surge cuando el conflicto entra en las dinámicas de la contienda política interna. España es un caso paradigmático. La política del Gobierno de Pedro Sánchez ha convertido el conflicto en un asunto de discusión interna en un contexto muy polarizado: sanchistas pro palestinos, la derecha pro israelí. La política española no se caracteriza por mantener debates elevados de política exterior, así que no debe extrañar el lamentable espectáculo ofrecido a cuenta de la Vuelta o la banalización insoportable de temas tan graves e importantes como un genocidio, el antisemitismo, el boicot a un país o el papel de la sociedad civil en una democracia para influir sobre las políticas de sus gobiernos.
Dicho de otro modo: se acaba hablando (gritando, insultando) del conflicto a partir de si caen bien, mal o regular Isabel Díaz Ayuso o Ada Colau. Y eso es obsceno.
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