Oda a la lluvia
Creo que nací un día de lluvia inclemente, entre rayos y centellas. Luego de que cesó el aguacero, llegó una tranquilidad silenciosa y emotiva. Quizá por eso recuerdo con cariño y nostalgia la lluvia.
Cuando era niño, llovía en mi pueblo y para nosotros, los muchachos de la cuadra y del barrio, era toda una fiesta. Junto con mis hermanas y amigos, nos refugiábamos en casas con techos de zinc, donde se escuchaba el inconfundible sonido de la lluvia cayendo a borbotones. Después corríamos por las calles anegadas, convertidas en improvisados ríos. Era tan intensa la lluvia que apenas podíamos distinguir a los amigos que nos acompañaban en aquella aventura acuática.
A esos fuertes aguaceros los llamábamos, sencillamente, ‘aguaceros’. Mientras tanto, mi madre y mi abuela salían a buscarnos para regañarnos y nos amenazaban con chancleta en mano si no regresábamos rápidamente a casa para pasar allí la tormenta. Nosotros, sin hacer mucho caso, cantábamos al unísono una canción muy popular........
