Guerra regional y vulnerabilidad mundial
La guerra entre USA, Israel, Irán y Hezbolá se convirtió en un conflicto regional de alta intensidad, con impactos globales en seguridad, energía y economía. No estamos ante “incidentes” aislados, sino ante una estrategia deliberada: ampliación del teatro de operaciones involucrando una veintena de países en Medio Oriente al Reino Unido y Chipre.
Israel actúa como la “Esparta” contemporánea: pequeña en territorio, dotada de una capacidad militar, inteligencia altamente sofisticada y proyección de fuerza. El centrar su ofensiva en Hezbolá, dado su apoyo a Irán desde el sur del Líbano, responde a una lógica de autodefensa preventiva y ambición de “blindar” el Estado israelí eliminando y degradando a sus enemigos. Los ataques a infraestructura de comunicaciones camuflada, depósitos de armamento, centros de mando y plataformas de lanzamiento de misiles son una neutralización de capacidades. La eliminación de figuras clave de la inteligencia de Hezbolá, Hussein, confirma que Israel no está improvisando: construyó inteligencia táctica y estratégica para aplicarla oportunamente.
La experiencia con Gaza y Siria, le permiten retornar a incursiones terrestres limitadas para crear zonas de “seguridad” al sur del Líbano, ordenando evacuar decenas de localidades vulnerables. Movilizó 100.000 reservistas en la frontera, buscando reconfigurar el equilibrio militar en la frontera norte. La retórica de “defensa propia”, responde a la amenaza externa y a la crítica interna, cohesionando una narrativa de guerra existencial.
En Irán, la estrategia es distinta y racional. La combinación de ataques con misiles contra infraestructura energética y el uso de Hezbolá como brazo adelantado busca abrir múltiples frentes que desgasten a Israel y a sus aliados. Prolongar el conflicto: eleva los precios del petróleo y el gas, introduce incertidumbre en los mercados y presiona a las economías occidentales con inflación y bajo crecimiento. Cerrar el estrecho de Ormuz, interrumpir la producción de gas licuado en Qatar y crear volatilidad bursátil en Asia, señala la vulnerabilidad del sistémica global.
USA tiene una doble agenda: reforzar su alianza estratégica con Israel, garantizando apoyo logístico, utilizando las bases inglesas, dando su apoyo político ante Hezbolá e indirectamente contra Irán. Mitigar los riesgos económicos mediante seguros para petroleros, dando señales de respaldo a los mercados financieros. Washington está limitado en “proteger” los flujos energéticos y en la guerra asimétrica que domina el Golfo. La advertencia estadounidense al Líbano, exigiendo el desarme de Hezbolá, revela un Estado libanés frágil y una organización armada que conserva miles de combatientes y una importante capacidad de fuego, a pesar de verse debilitada por la guerra en Siria.
El gobierno libanés: condena los lanzamientos de cohetes desde su territorio como actos “irresponsables” que ponen en riesgo la seguridad nacional y ofrecen a Israel un pretexto para profundizar su ofensiva, careciendo de fuerza real, desencadenando una guerra civil abierta, al desarmar a Hezbolá. Existe el riesgo de que el conflicto en Beirut se expanda a otras ciudades. El país, vuelve a estar atrapado entre la presión israelí, la influencia iraní y la incapacidad de reconstruir un pacto interno sólido.
La ofensiva actual de Israel contra Hezbolá, muestra liderazgo ante el incumplimiento del alto el fuego, así los efectos fueran limitados, ofreció a Israel legitimidad interna y externa para argumentar que se trata de una respuesta inevitable y el supuesto flujo de recursos iraníes hacia Hezbolá refuerza que la organización se estaba rearmando para un ataque mayor.
Observo analíticamente el debilitamiento del derecho internacional, la instrumentalización de países frágiles como el Líbano como campos de batalla delegados y la creciente desconexión entre decisiones estratégicas tomadas por élites políticas y militares, afectando a la población civil, cristiana, musulmana y minorías, atrapadas entre fuegos cruzados.
Se demuestra que las soluciones puramente militares son incapaces de ofrecer seguridad duradera. Al no abordarse las raíces políticas, económicas y simbólicas del conflicto, incluida la cuestión palestina, la rivalidad regional y la competencia por la hegemonía islámica, cualquier “victoria” será una pausa precaria en una guerra que se reconfigura, pero no termina.
