El país que heredarán nuestros hijos
Las elecciones que vienen este domingo producen algo más profundo y a menudo más decisivo que los números del escrutinio. Producen climas de ánimo, percepciones de fuerza, señales de poder. Y en política, la percepción de fuerza suele ser más influyente que la fuerza misma.
Imaginemos un primer escenario.
Este domingo la centroderecha envía un mensaje débil. Votaciones exiguas, candidatos elegidos con apenas algunos miles de votos, resultados fragmentados que muestran más dispersión que convicción. Umbrales que no alcanzan y que se traducen en el desperdicio de millones de votos que terminan fortaleciendo a la izquierda destructora.
El 8 de marzo, no solo se eligen congresistas y candidaturas únicas. También se instala una narrativa que podría ser la de una centroderecha cansada, dividida, sin músculo suficiente para disputar el poder. Esa sensación, que empieza como un comentario en la radio o en un titular de prensa, pronto se convierte en atmósfera política.
Cuando un sector parece débil, el adversario se fortalece incluso antes de ganar. El petrocepedismo interpretaría esos resultados como una señal de confirmación. No solo diría que tiene razón. Sentiría que tiene el viento a favor. Los liderazgos se envalentonan cuando huelen debilidad enfrente. Las bases se movilizan para el lado en el que sienten que la victoria es posible. Los indecisos se inclinan hacia quien parece tener mejores opciones. Así ocurre en política: La fuerza atrae, la debilidad ahuyenta.
Si ese primer escenario se materializa, el clima emocional que antecedería a la primera vuelta presidencial estaría marcado por el miedo en unos y por el triunfalismo en otros. En amplios sectores de la centroderecha aparecería la frustración. La sensación de impotencia. El temor de que el país esté entrando en una fase política de la cual será difícil salir. No porque todo esté decidido sino porque, en la práctica, la percepción de agotamiento cambia el terreno de la disputa.
Ahora imaginemos un segundo escenario.
El próximo domingo la centroderecha obtiene votaciones sólidas. Fuertes. Claras. Candidatos respaldados por decenas o cientos de miles de ciudadanos. Resultados que muestran una base social amplia y movilizada. Voto cohesionado, disciplinado que impulsa una bancada mayoritaria sin dispersión peligrosa. En ese caso el mensaje sería radicalmente distinto.
No solo habría congresistas y candidato único, elegidos. Habría empoderamiento. Voces con legitimidad. Figuras capaces de irradiar confianza política. La señal al país sería clara: Existe una fuerza organizada. Existe un electorado dispuesto a defender ciertas ideas sin vanidades. Existe un contrapeso real en la arena política.
Cuando una fuerza política demuestra capacidad de movilización, el clima cambia.
El optimismo reemplaza la resignación y la energía desplaza la apatía. Muchos ciudadanos que dudaban empiezan a creer y quienes estaban en silencio encuentran razones para involucrarse.
La política se alimenta de confianza colectiva. Si una comunidad política percibe que tiene fuerza, se organiza mejor y proyecta con claridad su liderazgo. Los votantes indecisos observan ese fenómeno y empiezan a considerar que ese sector puede gobernar.
En ese escenario, el ambiente que rodearía la primera vuelta presidencial sería distinto. Habría ánimo de competir, ganas de aportar, sensación de que el rumbo del país todavía está abierto. Por eso, lo que ocurra el próximo domingo no es un detalle menor. Por eso es tan irresponsable llamar a la abstención o al riesgo de perder votos al no alcanzar el umbral.
Cuando el voto se convierte en un instrumento de vanidades personales, de ambiciones pequeñas o de rivalidades internas, el país entero termina pagando el precio. La historia está llena de momentos en los que las divisiones de quienes pensaban parecido terminaron facilitando el triunfo de quienes pensaban distinto. Sino pregúntenle a la Medellín que cayó en las garras de Quintero….
El futuro de Colombia no puede depender de egos ni de cegueras políticas. Aquí lo que está en juego es algo más grande: El país que heredarán nuestros hijos.
