Única izquierda que funciona es la de Messi
En días recientes, el candidato presidencial del continuismo, Iván Cepeda, dejó ver -quizá sin proponérselo del todo- una incomodidad profunda frente a Antioquia. Fue la expresión de una distancia histórica, estructural, entre una manera de entender la sociedad desde la libertad y otra desde el rencor. Porque Antioquia más que una región es una forma de mirar el mundo.
Antioquia se ha construido sobre una ética que no espera permiso para avanzar. Una cultura donde el trabajo no es un discurso sino la práctica cotidiana. Donde la riqueza no se sospecha, se construye. Donde miles de familias levantaron empresas desde cero, con disciplina, riesgo y una confianza casi obstinada en que el esfuerzo individual tiene sentido. Esa mentalidad no nació de un decreto, ni de una teoría. Nació de la necesidad, del aislamiento geográfico, de la escasez convertida en ingenio. Y con el tiempo se convirtió en identidad. Por eso, cuando desde ciertos sectores se habla de la economía como un campo de sospecha, cuando se reduce la vida social a un conflicto permanente entre opresores y oprimidos, Antioquia no se reconoce ahí. Porque su historia no es la de una lucha de clases, sino la de una cooperación imperfecta pero real entre quienes producen, invierten, trabajan y arriesgan. El empresario no es un enemigo. El trabajador no es una víctima pasiva. El campesino no es un símbolo. Somos personas que, en medio de dificultades, hemos aprendido a depender primero de nosotros mismos y de nuestro esfuerzo.
Ahí está el punto de quiebre. Mientras una visión insiste en organizar la sociedad desde arriba, bajo la premisa de que el Estado debe corregirlo todo, otra -la que ha echado raíces en Antioquia- desconfía de ese impulso, por experiencia. Porque sabe que cuando el poder se concentra, la libertad se reduce y que, cuando se desincentiva la iniciativa individual, se apaga la fuente misma del progreso.
No es casualidad que Antioquia haya sido cuna de algunos de los desarrollos empresariales más importantes del país. Ni tampoco, que haya logrado articular sectores productivos diversos, desde la industria hasta el agro, bajo una lógica de creación de valor. En Antioquia valoramos la autonomía y vemos con desagrado la dependencia y exaltamos el subsidio como excepción, nunca como destino. Esa diferencia, que puede parecer técnica, es en realidad un imperativo moral.
Es por eso que las palabras del candidato neotrotskiano no resultan inocuas. Porque revelan una incomodidad con nuestra forma de vida. Con el ciudadano que no pide permiso. Con la familia que transmite valores. Con la comunidad que cree en sus propias capacidades antes que en las promesas del poder. Esa incomodidad se traduce, muchas veces, en un discurso que busca deslegitimar lo que no logra comprender. Pero Antioquia no necesita ser comprendida para seguir existiendo. Ha demostrado, una y otra vez, que su fortaleza radica en su gente. En esa mezcla de austeridad y ambición. De prudencia y arrojo. De tradición y capacidad de adaptación. No es una región perfecta. Ninguna lo es. Pero tiene algo que hoy escasea: Una convicción firme de que el progreso no se decreta, sino que se construye.
Tal vez por eso nunca nos hemos sentido interpretados por la izquierda... Porque mientras una corriente ve en el individuo el origen de la desigualdad, nosotros vemos el motor de la superación. Mientras unos desconfían del mercado, nosotros lo entendemos como un espacio de coordinación espontánea para generar riqueza. Mientras unos apelan al poder para ordenar la sociedad, nosotros confiamos en la libertad para hacerla florecer.
Lo que ocurrió estos días con Cepeda ya no es un episodio aislado. Fue, más bien, una especie de premonición que nos recuerda que en Colombia coexisten visiones distintas, a veces irreconciliables, sobre lo que significa avanzar. Y en ese contraste, Antioquia seguirá siendo lo que siempre ha sido: una tierra que cree en el trabajo, en la responsabilidad y en la dignidad de construir su propio destino. A los otros, a su mentalidad de rencor, ya los hemos visto y padecido. No vamos a repetir la historia.
