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Cuestión de principios

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07.03.2026

Esta columna no es apta para quienes poco o nada les importa negociar sus principios. En cambio, sí para todos aquellos que tienen incorporado en su ser, la firme convicción, de que los principios no se negocian, ni en los momentos de normalidad, ni en la adversidad y menos, en el éxito.

Vivir el torbellino cotidiano de la vida, siempre rodeado de personas que se atraen por un entorno de principios, valores y virtudes, no solo es excepcional, es un alivio mental y emocional. Pero no se trata solo de nosotros mismos, vivimos inmersos en una sociedad tóxica, donde prevalecen los espíritus de cuerpo negativos, fundidos en el poder, la ambición, la vanidad y los intereses personalísimos. ¿Qué lugar ocupan entonces, nuestras obligaciones y deberes, pero también el libre albedrío con sentido de responsabilidad social y de país?, y particularmente en período electoral, cuando se afianza nuestro compromiso en la elección de los dirigentes políticos que regirán el destino de nuestra nación.

La toxicidad se exacerba en época electoral, el mal acecha, agita los ánimos y ahonda el nerviosismo. Es una fiesta democrática que en un país normal debe celebrarse con transparencia, armonía y esperanza, pero nuestra realidad nos lleva a afrontar, ciclo, tras ciclo, un recrudecimiento de la violencia, una sobreexposición de la irresponsabilidad política, una prevalecencia manipulada de intereses partidistas y la degradación exhibicionista de la indignidad humana. De ahí el deber moral, de electores y elegidos, para que sus actos se cristalicen sobre una auténtica plataforma de principios y convicciones, distantes de, las que arrastran las redes sociales, los charlatanes, los manipuladores, las maquinarias, los violentos y los corruptos.

La gran encrucijada en la coyuntura electoral se torna agobiante para los ciudadanos de bien, no para los idiotas útiles, hipnotizados por los embaucadores, sino para aquellos, fieles a sus principios, a los respetuosos de la ley, y para quienes claman por mayor tranquilidad, seguridad y convivencia. Pero sobretodo, por una mejor sociedad. El mayor desafío está en resolver el dilema para elegir a sus candidatos, el que resulta sencillo de resolver, si al señalar el tarjetón, acierta en escoger a los líderes que han demostrado, con su experiencia y coherencia, ejecutorias y dedicado compromiso en la solución de los grandes problemas que nos aquejan y que no, nos permiten avanzar. Reitero, elección, basada en principios y descontaminada de la tóxica y rampante hipocresía que nos presentan las plataformas digitales, los charlatanes y los manipuladores de los afligidos.

¿A quién apostarle que pueda erradicar la corrupción incrustada en el estado, que supere el ciclo inacabable de criminalidad y violencia, y que contenga el menoscabo de la justicia y la autoridad? No fuimos el país potencia de la vida, ni de la seguridad humana y menos de la paz total. Estos cuatro años de agonía, de un pacto histórico que favorece la impunidad y es complaciente con quienes actúan al margen de la ley, no pueden repetirse. Tampoco podemos elegir, y deben ser castigados con el voto, quienes los apoyaron, para que llegaran al poder.

Este 8 de marzo, los colombianos que conservan la firme convicción de que los principios no se negocian, podrían apostarle a la mejor fórmula Presidencial, a un gabinete de lujo, muy escasos en esta contienda electoral: Las Nueve Fuerzas, La Gran Consulta por Colombia. Una unidad de líderes extraordinarios, que no hemos visto en mucho tiempo, y que no solo en campaña, sino en su pasado, nos han dado sobradas demostraciones de honestidad, eficiencia y sentido social, el único camino para reencauzar el mal trecho que hoy recorre la nación.


© El Nuevo Siglo Bogotá