Colombia “Furioza”
Está disponible en Netflix, la segunda edición de la película polaca “Furioza”. Miles de personas la ven cada día, después de lograr récord de taquilla en su lanzamiento el pasado octubre. Es la historia de una temible banda criminal, que con el ascenso del nuevo cabecilla “Golden”, despliega sus operaciones criminales a otros países y cuando incursionan en Dublín, uno de sus sicarios, por un asunto menor, asesina a un policía, desatando inusitadamente la furia de “Golden”: ¿“Qué te pasa? Aquí no es Colombia, no puedes matar a cualquiera”.
La mala imagen de Colombia como símbolo de criminalidad y violencia ante el mundo no cambia, se ahonda, y este mes fue peor al ser publicitados ocupando el desprestigiado segundo lugar en el Indicador Global de Crimen Organizado (Gitac) que evalúa cada año el impacto del crimen en 193 países, ubicándonos en el top 3, con 7.8 puntos, después de Myanmar (8.1) y antes de México (7.7). Igual posición a la del indicador global de la corrupción 2025 de acuerdo con Transparencia Internacional.
Por su parte el Indicador Global de Residencia 2026, que evalúa el nivel de inestabilidad y desorden urbano, difundió su estudio anual sobre las 40 ciudades capitales más peligrosas del mundo, de las cuales, no hubo escape para las tres principales del país, clasificando a Medellín en el puesto 11, Cali en el 17 y Bogotá en el 19. Al mismo tiempo, El Consejo Ciudadano para la Seguridad y la Justicia de México, en su investigación anual sobre las 50 urbes más violentas del 2025, tomando como base el homicidio, categoriza a México en primer lugar con 17 ciudades, seguido de Colombia con 8 y tercero a Ecuador. Puerto Príncipe sigue liderando el ranquin con una tasa de 197 homicidios por cada 100 mil habitantes, mientras que 44 de las ciudades con mayor criminalidad a nivel global están en Latinoamérica y el Caribe.
Esta semana la Directora Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, aseguró ante el Congreso de ese país, que el Eln, las disidencias de las Farc y los grupos terroristas y del narcotráfico colombianos, son una amenaza directa para la estabilidad de la región y para los ciudadanos estadounidenses. Esto ocurre, el día después, en que las Fuerzas Armadas de Ecuador bombardean un campamento de las disidencias de las Farc en Sucumbíos, frontera con Colombia, operación enmarcada en la estrategia contra el narcoterrorismo liderada por Estados Unidos en el marco del “Escudo de las Américas”, de la cual, con toda razón, hemos sido excluidos.
Podríamos seguir con una lista interminable de indicadores globales que nos avergüenzan, porque mientras estemos sumergidos en este ciclo interminable de criminalidad y violencia, el mundo estará en furia con Colombia y Colombia en furia con el mundo, pues, el estigma y mal trato a nuestros nacionales en el exterior, no para, y las restricciones en visados crecen.
Los mismos estudios publicados por el ministerio de Justicia así lo corroboran. Según esta cartera, la criminalidad en Colombia en el 2025, se agudizó. Dan cuenta de 27 mil integrantes de estructuras criminales que expandieron su influencia a 618 municipios, es decir el 55% del territorio, lo que representa un incremento del 24% respecto al 2024, evidente secuela de la errónea, paz total. La victimización y percepción de los ciudadanos del mundo sobre el deterioro de nuestras condiciones de seguridad y convivencia, siguen siendo imbatibles. Y lo más preocupante, el Indicador Global del Crimen en su evaluación sobre la capacidad de resiliencia de los Estados, ubica a la región en alta fragilidad y a Colombia (5.46) por debajo de la media.
Pasamos ahora a la pregunta de siempre. ¿Qué hacer? ¿Existen soluciones definitivas? En mi opinión, la fórmula está creada, la hemos aplicado y está a la vista, con resultados demostrables. Argentina, Estados Unidos y El Salvador son modelos recientes y exitosos en la recuperación de la seguridad. El presidente Bukele muy acertadamente acaba de decretar la cadena perpetua para asesinos, violadores y terroristas. Allí la tasa de homicidios está en mínimos históricos, en 1.3% luego de haber alcanzado el 67% en el pasado y su pueblo lo apoya con el 90% de favorabilidad. Recuperar, entonces, el ejercicio de autoridad y de justicia, con carácter y firmeza, pero además con políticas públicas apropiadas, integrales, estructurales, que desincentiven el delito y la violencia, son medidas urgentes para el próximo presidente.
Colombia ha sido modelo mundial en seguridad y democracia. La política de Seguridad Democrática lo logró, pero, lamentablemente, y es innegable, regresamos al pasado. Es ingenuo no reconocerlo. Es evidente, el mundo sigue en furia con nosotros, porque la corrupción, los violentos, el narcotráfico, el terrorismo y los malos dirigentes, así lo han determinado.
Pese a décadas de marcada inestabilidad y profunda fragilidad institucional en asuntos de seguridad y defensa, no hemos sido una nación fallida, sin duda alguna, gracias al profesionalismo de los fiscales, pero esencialmente, a la capacidad, -ahora diezmada- de nuestra fuerza pública, que en precarias condiciones de adversidad como la actual, con o sin el apoyo determinante de los dirigentes de turno y una justicia débil que ejecuta como patrón la libertad provisional de peligrosos reincidentes, sigue confrontando con denuedo y sacrificio a criminales, terroristas y violentos.
Un país con el mayor número de policías asesinados en el mundo, 2.939 en los últimos 25 años, casi la misma cifra atribuida al cartel de Medellín;106 uniformados muertos en el 2025, la más alta desde 2014. Con una tasa de homicidios que no cede, 25.9 por cada 100 mil habitantes, registrando un incremento doloroso del 1.9% el último año. Unos estamentos y una sociedad en actitud impávida, casi “normalizando” el asesinato cotidiano de los agentes encargados de la aplicación de la ley, es una nación que se ha merecido el estigma retratado en la película “Furioza”. De ahí, la indignante furia de los ciudadanos del mundo hacia nuestra nación. ¡Cuál país de la belleza! Sin seguridad no hay libertad, ni democracia, ni desarrollo. No más discursos cosméticos, afirmando que la solución no está en las medidas de fuerza. Precisamente, esto es lo que Colombia necesita.
