Que es ser mamerto
Entre la nostalgia y la realidad:
Durante décadas, el léxico político colombiano ha estado impregnado de una palabra que, a fuerza de repetirse, parece haber perdido su profundidad histórica para convertirse en un lugar común: “el mamerto”. Sin embargo, tras este apelativo que a menudo se pronuncia con una mezcla de sorna y exasperación, se esconde la radiografía de una izquierda que, aunque cambia de ropajes, mantiene intactas sus contradicciones fundamentales.
El origen del término es, por decir lo menos, irónico. No fue la derecha quien bautizó a los “mamertos”, sino sus propios correligionarios. En la Bogotá de los años 70, los sectores más radicales y amigos de las armas utilizaban el nombre para mofarse de los seguidores de Gilberto Vieira, el jerarca del Partido Comunista que prefería la retórica de salón y la burocracia de Moscú sobre el barro de la montaña.
Ahora veamos la metamorfosis del término: Con el declive de la Unión Soviética, el término experimentó una mutación semántica. Dejó de ser una distinción técnica entre comunistas moscovitas y maoístas para convertirse en un adjetivo generalista.
El “mamerto” era, para los suyos, el comunista “aburguesado”, el que hablaba de revolución desde la comodidad de una cátedra universitaria o un sindicato estatal, aquel que buscaba acomodarse en la placida comodidad de un puesto público con poco trabajo, persiguiendo los plácemes de la burguesía, pero siempre bajo la consigna de palabras como el bien común, la reducción de la brecha social, la igualdad y en fin otros términos muy apreciados por el “mamerto” para resaltar su “lucha de clases”, pero en el fondo apreciando lo que más persigue que es el dinero, así como lo diría una vez el célebre Pablo Escobar a su esbirro “Popeye” refiriéndose a unos comunistas del M19 que se interponían en el trasporte terrestre de la droga y en vez de entrar en enfrentamientos bélicos le decía: “hombre, ofrézcales dinero, que no hay nada que le guste más a un izquierdista que la plata”.
Hoy, esa distinción se ha borrado. Para el ciudadano de a pie, el “mamerto” es aquel que defiende un estatismo asfixiante mientras disfruta de las mieles del mercado que tanto critica. Es una figura que ha mutado; ya no viste necesariamente de paño gris soviético, sino que ahora se camufla en el activismo ambiental, la identidad de género o el progresismo globalista. Pero el fondo es el mismo: una superioridad moral que pretende dictar cómo deben vivir los demás, basándose en teorías que la historia y la economía se han encargado de refutar una y otra vez.
Es curioso observar cómo el término cambia de piel al cruzar nuestras fronteras. En el Cono Sur, llamar a alguien “mamerto” es señalar su torpeza o su inmadurez, una falta de luces que nada tiene que ver con las urnas. En Colombia, en cambio, la palabra ha adquirido una carga de "terquedad ideológica". El mamerto colombiano no es necesariamente tonto; es, más bien, alguien que ha decidido ignorar la realidad en favor del dogma y sus intereses personales.
Desde una visión conservadora, el auge del término y su reciente "reapropiación" por parte de jóvenes que lo portan como medalla, nos debe llevar a una reflexión seria. No basta con el adjetivo. El verdadero reto para quienes creemos en la libertad individual, la propiedad privada y el orden, no es burlarnos de la estética del "mamertismo", sino desarmar sus argumentos con hechos.
La historia del término nos enseña que la izquierda siempre termina devorándose a sí misma entre purismos y etiquetas. Mientras ellos se debaten en quién es más "coherente" con su utopía, a nosotros nos corresponde seguir defendiendo la realidad: esa que se construye con trabajo, menos Estado, más esfuerzo y más sentido común.
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