La rebelión de los que trabajan
“El hombre está condenado a ser libre.” — Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, 1943
Hay sociedades que forman ciudadanos y sociedades que fabrican dependientes. La diferencia suena abstracta hasta que se convierte en destino nacional.
Israel ofrece una lección nítida. El sionismo pionero no soñó con un pueblo protegido, sino con un “nuevo judío”: trabajador, productivo, capaz de cultivar, construir y defender. La conquista del trabajo no fue un eslogan; fue un programa de carácter. Incluso el kibutz, pese a toda su carga colectivista, partía de una exigencia implacable: nadie vivía del esfuerzo ajeno. Se trabajaba juntos porque se construía juntos.
Ese espíritu no se fosilizó en la tierra. Mutó: del pionero al científico, del kibutz a la startup, del arado al algoritmo. Cambió el modelo; no cambió la premisa. El individuo puede ser protagonista de su destino. Israel, conviene recordarlo, no nació de derechas: gran parte de sus fundadores eran socialistas. La lección, entonces, es otra: hasta el proyecto más colectivista puede exigir disciplina, productividad y responsabilidad personal.
América Latina aprendió,........
