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El enorme poder de un solo hombre

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16.02.2026

El caso Epstein —así como la persona y, aún más, el “personaje” de quien lo protagoniza—fue aterrador desde el principio y no ha dejado de hacerse cada vez más escabroso.  El fantasma de Jeffrey Epstein, el profesor de matemáticas convertido en financista y devenido en predador y facilitador de perversiones, parece estar ahora mismo sacudiendo los más de tres millones de papeles que constituyen sólo parte del acervo probatorio de un entramado de crimen, corrupción y espurias influencias que, por su extensión y degradación, no tiene precedentes.

Desde el punto de vista moral, todo lo que ha venido sabiéndose (y lo que irá develándose) sobre los asuntos de Epstein y los de su principal cómplice, Ghislaine Maxwell, y sobre los “servicios” y “atenciones” que procuraban, no es menos que repugnante.  La voz de las víctimas, de aquellas identificadas que llegan a 80 y de las que todavía no lo han sido, difícilmente puede ser puesta en sordina; mucho menos, ignorada.  Ni el más pesimista sobre la naturaleza humana, acostumbrado a no hacerse ilusión alguna sobre el talante de los hombres (o las mujeres), digiere fácilmente lo que va emergiendo de las profundidades del expediente:  los mensajes y las conversaciones, las fotografías de los salones y los cuartos donde todo pudo ocurrir, la lista plagada de nombres prominentes conectados (de un modo u otro) con ese hombre y esa mujer que merecerían su propio capítulo en una historia universal de la infamia.

Desde el punto de vista político, la cuestión que suscitan el caso y los papeles de Epstein no es menos pasmosa.  Sin caer en la tentación de las conspiraciones, que son siempre una renuncia a la razón, ¿no es acaso más que plausible suponer que el poder de Jeffrey Epstein era enorme?  Aunque sus relaciones con potentados (como Bill Gates o Leslie Wexner), líderes políticos (de las más diversas latitudes y afiliaciones), figuras de la farándula (como la princesa Mette-Marit), científicos reconocidos (Stephen Hawking) e impenitentes opinadores (como Chomsky) hubieran sido pura y únicamente personales o meramente mercantiles —como en muchos casos lo fueron—, ¿no suponían un capital social voluminoso, capaz de generarle réditos y beneficios de los que muy pocos podrían presumir?  Y si se añade a eso el conocimiento tenebroso de las pasiones más impúdicas, de los secretos más impronunciables compartidos con ellos, ¿no era acaso Jeffrey Epstein uno de los hombres más poderosos del mundo?

El enorme poder de un solo hombre:  esa es la mayor y preocupante revelación del caso Epstein.  Tan enorme que le ha sobrevivido.  Tan enorme que tiene en entredicho al gobierno británico de Starmer, abochornada a la casa real noruega y empañado al Comité del Nobel, y en la picota a muchos cuyo único pecado fue quizá el de estrechar en público su mano —por no hablar de los otros, de más graves pecados, verdaderamente criminales—.

El enorme poder de un solo hombre.  Poder oculto y arcano a la luz de tantos reflectores:  el peor poder, el que se esconde a plena vista.


© El Nuevo Siglo Bogotá