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Chile no tiene dueño

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08.09.2026

Cooperemos con Estados Unidos. Comerciemos con China. Construyamos la mejor relación posible con Argentina. Profundicemos nuestros vínculos con Europa y América Latina. Pero hagámoslo desde una convicción común.

“¡Cuidado con salir de una dominación para caer en otra! […] hacer la conquista de América, no por las armas, sino por la influencia en toda esfera”.

Diego Portales, carta a José Manuel Cea, Lima, marzo de 1822.

Chile apenas comenzaba a ser una República cuando Diego Portales formuló esta advertencia. La independencia era todavía una obra reciente y frágil, pero Portales comprendía que sacudirse una dominación no garantizaba por sí solo la libertad. Una nación podía conservar su bandera, sus autoridades y sus fronteras y, sin embargo, comenzar a perder su independencia si permitía que otros definieran sus intereses o condicionaran sus decisiones. Su advertencia resulta extraordinariamente moderna: la dominación también podía ejercerse, como él mismo escribió, “por la influencia en toda esfera”.

Portales escribía en 1822, antes incluso de que James Monroe formulara, en diciembre de 1823, la doctrina que llevaría su nombre. No estaba haciendo antiamericanismo. Estaba formulando algo bastante más importante: una doctrina elemental de soberanía. Chile no había conquistado trabajosamente su independencia para entregar después su capacidad de decidir a otra potencia, por amistad o por afinidad ideológica. Los gobiernos pueden tener coincidencias; los Estados tienen intereses.

Esa idea, nacida prácticamente junto con la República, terminaría convirtiéndose en una de las constantes más valiosas de nuestra política exterior.

Chile comprendió que un país relativamente pequeño, alejado de los grandes centros de poder, debía compensar esa condición mediante instituciones sólidas, una diplomacia profesional y respetada, apego al derecho internacional y una capacidad de defensa suficiente para preservar su autonomía. Podíamos comerciar con todos, cooperar con muchos y construir amistades profundas. Pero había una frontera que no debía cruzarse: Chile debía conservar siempre la libertad de decir que no.

Nuestra historia demuestra que esa tradición no pertenece a una determinada corriente política. Conservadores, liberales, radicales, democratacristianos, socialistas y gobiernos de la Concertación la practicaron, con distintos énfasis. Cambiaron las ideologías, las alianzas y el escenario internacional, pero permaneció una noción fundamental: la política exterior no pertenece al Presidente de turno; pertenece a Chile. Aunque sea responsabilidad del Presidente conducirla durante su período de gobierno, ello no lo autoriza a redefinir unilateralmente sus bases ni sus características esenciales, a lo menos sin un amplio debate........

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