La “enfermedad” es gastar lo extraordinario como si fuera permanente
La lección, entonces, no es temerle al cobre. Es temerle –un poco más– a nuestra propia impaciencia. La “enfermedad” no viene en forma de mineral: viene en forma de mal uso. Y esa, a diferencia del precio, sí está completamente bajo nuestro control.
El cobre volvió a encender titulares. Y no es para menos, ya que en las últimas semanas lo hemos visto moverse en niveles que, para un país como Chile, equivalen a una inyección de adrenalina fiscal y de ánimo nacional. Cochilco reportó que, en la semana del 12 al 16 de enero, el precio “cerró” en torno a US$ 5,9 la libra. Y aunque el día a día del mercado tiene su propia música, el trasfondo es el mismo: un shock positivo –por precio, por expectativa, por tensión de oferta– que nos vuelve a poner frente al espejo de siempre.
Hace pocos días, el colega y amigo Hernán Cheyre abordó con sapiencia la llamada “enfermedad holandesa”, recordando su origen histórico: el boom del gas en Países Bajos, la apreciación cambiaria y los efectos colaterales sobre otros sectores transables. Su punto –y es difícil discrepar– es que los ciclos de bonanza, si se administran mal, terminan dañando aquello que no brilla en el titular: productividad, diversificación, competitividad.
Hasta aquí, todo claro. Pero confieso que, desde hace años, siento un pequeño escozor al repetir ese término. “Enfermedad” sugiere que el problema es el recurso mismo. Y es parecido a la otra etiqueta frecuente: la “maldición de los recursos naturales”. Hay algo profundamente equivocado en esa intuición. Contar con abundancia mineral, y más aún con precios excepcionales, no es una........
