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Ser hospitalidad, no eco

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23.03.2026

Habitamos una moldura de espejos. El aire, denso de monólogos, ya no envía el oxígeno del encuentro, sino el añejo sabor de la propia voz. En este siglo de urgencia metálica, la cultura no es el fragor de un sonido contra las paredes del cráneo; es el volumen de enfriar el latido para dejar que el mundo, finalmente, se explique. La verdadera distinción no se palpa en la rudeza de quien lanza palabras, guijarros contra el aire, sino en la porosidad de quien se ofrece, cuenco de madera vieja, para recibirlas.

Quien se detiene a escuchar no recolecta datos. Hereda el aroma........

© El Meridiano