Poemario bélico
He defendido la tesis de que, para conocer mejor la obra de un artista, músico, pintor o escritor, poeta o narrador, es indispensable acercarse, de manera directa o por interpuesta persona, a los rasgos más salientes de su personalidad, siempre bajo la idea, no exenta de curiosidad, de poder interpretar mejor su obra.
La razón es que, en todas ellas, siempre habrá algo autobiográfico. Pues bien, a Valeria Martínez Arrieta no la conozco, pero algo sé de la sangre indómita y justiciera de su tío Juan Antonio, quien me hizo llegar un manojo de versos de su sobrina querida, en los que, como dice el editor de El ciclo bélico de mi madre: "Su escritura transita entre la herida, la memoria y los gestos cotidianos de lo femenino". Lejos de mí aceptar de buenas a primeras los excesos del feminismo y el sambenito del patriarcado heterosexual y autoritario que, aceptado como una doctrina inflexible cuyos males debemos pagar los hombres hasta el fin de nuestros días, está acabando con la ternura de la que éramos capaces, una ternura de corderos sumisos y degollados de la que, quién sabe hasta cuándo, habrá pruebas evanescentes. La carátula de El ciclo bélico de mi madre es muy diciente: una mujer de rodillas, sentada sobre sus piernas flexionadas, con una llama a sus espaldas, en actitud admonitoria, frente a una niña que parece tener la misma llama incrustada en el alma, tapándose la cara como en un gesto de vergüenza o de resignación. Esa carátula, sola, es un poema, una apoteosis. Leamos algunas de sus lágrimas, o de sus rebeldías: "Esta mala costumbre de ser espíritu de contradicción". "Mi cuarto está dejando de ser el cuarto en el que gritabas". "Estoy aquí en el medio de un círculo, con las pieles que he mudado". "Miraba a la gente pasar con desconfianza, desde donde miran los derrotados". "Me agoto como el aire". "Ese día me sentía solísima. La más sola de todo el mundo. Era una soledad redonda y hueca". "Estaba parada en medio de mí, quería abandonarme". Y aquí, una referencia sublime a Pedro Páramo, de Juan Rulfo: "Qué guerra tan sorda. Qué ganas de ser un fantasma y existir muy lejos de Comala". Y luego, una cita de Idea Vilariño: "Nunca sabrás quién fui, porque me amaron otros". Y de remate: "Estoy cansada, mamá. "Yo sé, mi amor", le respondió su madre.
