La continuidad en la política exterior de Chile
Ahora que lo acecha el fantasma del fin del periodo, el Presidente Gabriel Boric ha aceptado por fin que la política exterior debe tener continuidad más allá de cada gobierno. Después de haber convertido las relaciones internacionales en un feudo de sus ideales más radicales y de su ideología personal, Boric ha pedido al próximo gobierno que haga algo que su administración nunca hizo. Imbuido por un sentido de responsabilidad política que en general no tuvo en su cuatrienio, Boric ha pedido explícitamente a su sucesor que vele por los intereses del país en materia de relaciones internacionales.
Si bien la petición de Boric resulta poco sincera e incluso hipócrita —Boric predica lo que nunca practicó— el gobierno entrante de José Antonio Kast debiera poner atención a ese consejo. Es verdad que la credibilidad de Boric está en entredicho. Es innegable que el presidente saliente ha sido poco ponderado y muy pasional en la forma en que ha llevado las relaciones exteriores. Pero el mensaje de Boric es correcto y apropiado.
Como Kast es un hombre de fe que asiste regularmente a la iglesia, al igual que muchos de sus futuros ministros, vale la pena recordar que las sagradas escrituras abundan en ejemplos de Dios a menudo habla a través de improbables mensajeros. En el segundo libro de Reyes (capítulo 5), la sierva siria de Naamán, una mujer extranjera esclavizada, fue el instrumento que Dios utilizó para guiar al general Naamán hacia la sanación de su lepra y al conocimiento del verdadero Dios. Otro ejemplo que tal vez suene más apropiado para los críticos más ácidos de Boric es el del profeta Balaam (Números, capítulo 22), quien, estando cegado por codicia, debió ser reprendido por Dios a través de su asna, que le habló para reprenderlo. Como es sabido que Dios habla a sus creyentes a través de mensajeros improbables, Kast debiera poner atención a la advertencia de Boric.
En política internacional, los países tienen intereses y los gobiernos deben defender esos intereses. Desde el retorno de la democracia en 1990, en medio de la tercera ola de democratización en el mundo y de la expansión de los modelos capitalistas que privilegian el libre mercado, Chile ha estado decididamente aliado a Estados Unidos y las democracias occidentales que promueven la libertad y el libre comercio. Como país, hemos crecido y nos hemos desarrollado gracias a ese modelo. Con todos los problemas que tenemos como sociedad—y vaya que los problemas se han multiplicado en años recientes—las mejores décadas de la historia del país las hemos vivido en democracia y con políticas de mercados abiertos. Aunque en sus inicios el gobierno de Boric pareció oponerse a los acuerdos de libre comercio, la realidad pesó más y Chile ha seguido siendo un paladín de la promoción de la democracia y el libre comercio en el mundo.
A su vez, conscientes de que somos una economía exportadora, Chile ha privilegiado las buenas relaciones con todos aquellos países con los que tenemos lazos comerciales. Nuevamente, salvo en el periodo de Boric, cuando lamentablemente el gobierno no ha sabido separar cuerdas entre las relaciones comerciales y las discrepancias políticas que existían entre su gobierno y el de otros países, Chile ha sido sistemática muy disciplinado en no confundir el comercio internacional con la política. No tenemos por qué compartir principios y valores con los países que quieren comprar nuestros productos. Basta con tener buenas relaciones comerciales. Si compartimos valores y principios, cuanto mejor. Pero la Presidencia de la República nunca ha sido un púlpito apropiado para tratar de convertir a nuestros socios comerciales a los valores y principios que nos guían como país.
Ante la creciente polémica causada por la aprobación (revertida después) de un proyecto en la que una empresa china instalaría un cable submarino, lo que que produjo un inmediato y punzante rechazo por parte del gobierno de Estados Unidos, el gobierno saliente ha mostrado una vez más su falta de profesionalismo y seriedad. A sabiendas de que nuestro aliado histórico más importante comprensiblemente vela por la seguridad del hemisferio, el gobierno de Boric optó por no coordinar con el gobierno de Washington la evaluación de esta iniciativa que resultaba particularmente sensible para Estados Unidos.
Ahora, en una inusual demostración de cordura, el Presidente Boric sabiamente nos recordó una gran verdad, los países serios tienen continuidad en su política exterior. Si bien es una lástima que Boric no haya actuado en consecuencia en sus cuatro años en el poder —y los costos de esa irresponsabilidad los seguiremos pagando por muchos años— el gobierno entrante de Kast debiera entender desde el día uno que su obligación es defender los intereses de largo plazo de Chile y no buscar agradar caprichos de sus aliados ideológicos, por más poderosos que este sea.
