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La izquierda de las belles lettres

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28.01.2026

En un momento en que las izquierdas chilenas debaten sobre su futuro —si acaso formar una oposición conglomerada o dos separadas, si asumir desde ya un rol antigobierno o crear canales de comunicación con el nuevo oficialismo, si pensar su futuro en términos de revolución o reforma, de socialismo o democracia— el presente escrito, más extenso aún que lo habitual, aprovecha el inicio de vacaciones para concentrarse en el rol de las y los intelectuales del sector.

Sin duda, ellos son un segmento decisivo de la elaboración y la difusión de respuestas frente a las interrogantes planteadas; un grupo cuya función es, precisamente, la elaboración de ideologías y su comunicación en todos los ámbitos de la sociedad civil y la política (círculos de ideas, academia, medios de comunicación, partidos, artes y letras, redes sociales, centros de investigación en ciencias sociales y humanidades, think tanks y organismos de la cultura).

Desde ya en el último tiempo han ido apareciendo una serie de contribuciones a estos debates de las izquierdas desde el Socialismo Democrático (Basaure, Joignant, Rivera, Manifiesto), el Frente Amplio (Jackson, Titelman), el Partido Comunista (Carmona, X Pleno del Comité Central, Resoluciones del X Pleno) y desde el núcleo de los intelectuales de izquierda más allá de la izquierda institucional (literalmente, ultraizquierda) (Karmy, Salazar , Castillo et al., en Palinodia Libros), por nombrar sólo algunos; lo mismo que desde el lado de instancias latinoamericanas (Futuro Comunista; Declaración de Partidos Progresistas).

La presente columna examina un ángulo de estos debates, concentrándose en una fracción intelectual de ultraizquierda —aquí denominada «izquierda de las belles lettres«—, caracterizada por una producción textual estilizada y teóricamente esotérica, aunque de escasa incidencia en la práctica política. Este ángulo del campo intelectual privilegia la deconstrucción discursiva y la elaboración literaria por encima de la acción institucional. Opera en circuitos intelectuales cerrados, con sus propios códigos de inclusión/exclusión, donde los escritos parecen agotarse en el goce (a veces polémico) de sí mismos, antes que comprometerse con la transformación de la realidad social y del sentido común.

Son “planta aérea”, como escribió Sartre de sí mismo, justo antes de optar por radicarse en la tierra. «He entendido que la libertad (…) presupone una profunda radicación en el mundo. Pero esto es más fácil de decir que de hacer cuando uno tiene treinta y cuatro años, cuando estás desconectado de todo y eres una planta aérea. Todo lo que puedo hacer en el presente instante es criticar esta libertad en el aire, que me he proporcionado persistentemente, y atenerme con firmeza al principio de que es necesario estar radicado (…). Hay que ser de barro y yo soy de aire», según lo cita Rüdiger Safranski en un capítulo que le dedica (2022). Desde ese momento, dice una comentarista de este capítulo, Sartre se convertirá en «uno de los más vivos ejemplares del compromiso intelectual, enrolándose, actuando y tomando partido en todos los aconteceres de su tiempo […], iba a defender que había que ser uno con la época ya que, de alguna manera, uno es responsable de la misma y debe hacerse cargo». Para muchos de mi generación, ese Sartre existencial, al punto de comprometerse, representó el ideal del intelectual comprometido, por trágico que al final haya sido su destino en ese rol. Se situaba, por decirlo así, en las antípodas del belletrismo.

A este último, en cambio, cabría aplicar dos de las famosas tesis de Marx sobre Feuerbach. La segunda dice así: «El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad, el poderío y la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica es un problema puramente escolástico». Y luego, la tesis número once, la más famosa, donde arremete contra los filósofos de las bellas letras de su época, acusándolos así: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».

El presente ensayo busca contrastar a esa «izquierda literaria», de vocación destituyente radical (anti-Estado, antisistema), con una izquierda transformadora, de vocación institucional y práctica. Se delinearán los ejes de tensión entre ambas: retórica vs. resultados, estética vs. poder, crítica vs. gobierno. Asimismo, incorporaremos ejemplos, referencias clave (a veces algo tediosas, lo sé) y controversias recientes que iluminen este debate. El objetivo es articular argumentos que —sin incurrir en querellas personales— ilustran las limitaciones políticas y el discurso autovalidante de esa «izquierda textual», así como algunas de sus implicancias para el debate democrático e institucional contemporáneo.

Ubicación espacial de la izquierda literaria

En primer lugar, definamos a grandes rasgos esta corriente intelectual. En el caso chileno, ella se sitúa ideológico-culturalmente en las izquierdas, como una de sus cuatro expresiones. Esto es: al lado de (i) la izquierda anacrónica representada por el PCCh, (ii) la neoizquierda generacional, por ahora fallida, del FA, y (iii) la izquierda del SD (Socialismo Democrático), que agrupa a los segmentos indistintamente denominados socialdemócratas, progresistas o incluso socialistas liberales.

Al lado extremo de estas izquierdas aparece un cuarto ámbito, variopinto, de izquierda intelectual, según postulé en una columna pasada; propiamente, una ultraizquierda, por tanto, ubicada en los intersticios (académicos) de las esferas de la política, la sociedad civil y la cultura. Se desenvuelve sobre diversas plataformas, con base en movimientos sociales, gremiales, de trabajadores; de defensa de derechos humanos, civiles, políticos y sociales; de protesta frente a diferentes explotaciones, enajenaciones, dominaciones y abusos; de “profetas de cátedra” y la “academia militante”; de protección de la naturaleza y el medio ambiente; de expresión de diversidades de todo tipo, como género, capacidades, etnia, territorios, lengua y otras señas de identidad. O bien, con base en corrientes de ideas y creencias, filosofías y autores, proclamas morales o estéticas, principios y valores, expresados en medios de comunicación esotéricos y redes sociales, así como en el campo intelectual, de las artes y de la cultura.

El tiempo en torno al estallido social del 18-O de 2019, prolongado hasta la conclusión de los trabajos de la Convención Constitucional fue —entre muchas otras cosas— un momento de eclosión de ese mundo de ultra izquierda bajo la forma de «lista del pueblo» que proclamaba representar al «mundo social» más que al político; de encendidas expresiones del vocabulario octubrista; del discurso ideológico de la Convención, y de los relatos retratados en los muros de la ciudad y su poética.

Es precisamente en este ámbito simbólico marginal, situado en los bordes de la esfera política y del campo intelectual, académico y cultural («alternativo», si se quiere), donde se ubica el círculo de nuestra (ultra)izquierda de las bellas letras.

Un círculo que colinda, como vimos, con las otras tres izquierdas, pero cuya existencia transcurre ajena a las preocupaciones y dinámicas centrales de la esfera política. Más bien, las denuncia (como alienadas, corruptas, consensualistas, transaccionales, neoliberales, inmorales, etc.), al igual que desvaloriza la política real, práctica, tal cual existe en el campo de fuerzas, particularmente si es movilizada por las tres «izquierdas del poder».

Todo esto, mientras se halla instalado confortablemente —sin peligros ni mayores amenazas— al interior de la institucionalidad (en universidades, revistas, plataformas digitales), al amparo de los derechos liberales que le aseguran autonomía, expresión, libre circulación de ideas y de crítica «despiadada» a las propias instituciones (y sus habitantes) que sostienen dicho espacio de deliberación.

Características de la izquierda de las belles lettres

Se trata de una izquierda fuertemente textualista y esteticista, cuyos integrantes suelen provenir del ámbito académico o del ámbito literario. Alguna vez leí el argumento —y a mí me gustó esta idea— de que los grandes modelos de lenguaje (LLM) sobre los que opera la IA generativa son como una «venganza de Derrida»; se comportan según el postulado (posmoderno) de que lo único que importa es tener más y más texto, sin preocuparse por si el texto está efectivamente en contacto con alguna realidad externa. Según explicaba este argumento, Chat GPT es como un “Derrida en la práctica”. Lo que hace es reunir una gran cantidad de texto y generar más, sin llegar nunca a establecer contacto con alguna realidad externa. Algo similar, me parece a mí, ocurre con los belletristas........

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