menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Saber ser débil

17 548
01.03.2026

En el corto período que va desde que asumió como presidente de los Estados Unidos el 20 de enero del año pasado, hasta su Informe del Estado de la Unión de la semana pasada, Donald Trump ha puesto al mundo “upside down” como dirían en su país, o “patas arriba” como decimos por acá. Probablemente quien mejor haya explicado el significado profundo de esa nueva realidad haya sido el primer ministro canadiense Mark Carney en Davos 2026. Lo hizo en un discurso notable tanto por su contenido (una verdadera arenga a los países que definió como “potencias intermedias”) como por su forma: en no más de veinte minutos describió con detalle el orden mundial desvelado por Trump, sin referirse a él ni una sola vez.

En algún momento de ese discurso mencionó lo que llamó la “lógica de Tucídides”, en referencia a la negociación entre los representantes de Atenas y de Milo relatada por Tucídides en el Libro V de sus Crónicas de las Guerras del Peloponeso. La lógica en cuestión, que describe las condiciones en que tuvo lugar esa negociación y su previsible resultado, se sintetiza en la brutal expresión “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Esa frase, elegida por el primer ministro Carney para describir el contexto internacional creado por aquel a quien no quiere nombrar, no ha dejado de repetirse con horror desde que él la dijera en Davos, aunque en el mismo texto de Tucídides se encuentra otra frase que quizás explique de manera más descarnada aún la realidad que estamos viviendo.

La historia completa va así. Los atenienses exigieron de Milo una total rendición y sumisión, a lo que los milienses replicaron que ellos no eran beligerantes y garantizaban a Atenas su permanente neutralidad. Contestaron los atenienses entonces que la neutralidad no era suficiente, que Milo no tenía más alternativa que someterse o perecer. Relata el historiador que, llegado ese momento, los representantes de Milo no pudieron sino exclamar consternados: “pero esto no es justo”. Entonces los atenienses enunciaron el principio que orientaba sus decisiones: “La justicia está reservada sólo para los iguales”.

La lógica es elemental: si no tienes la capacidad de ofrecer resistencia a mi designio, debes resignarte a él y “sufrir lo que debes”. Milo no tenía suficiente poder como para ofrecer resistencia, no era un igual, no podía plantear el uso de la fuerza como alternativa a la negociación. No tenía, en suma, más opción que ser sometida y por ello fue finalmente conquistada y convertida en una colonia de Atenas en 476 A.C.

Y esa es, precisamente, la lógica desde la cual actúa Donald Trump, la lógica que permite entender con facilidad su política internacional: si no eres igual a mí, si no puedes oponerme una fuerza a lo menos equivalente a la mía, debes resignarte a sufrir mi designio. Un comportamiento simple que, sin embargo, no es siempre bien entendido. De ahí que su figura sea explicada más frecuentemente a partir de rasgos de temperamento. Uno en particular se ha destacado: Trump es, antes que todo, un “hace cosas”. Es el argumento que, entre otros, ha desarrollado Eugenio Tironi, que sugiere que el “atractivo” de Trump radicaría en una disposición ejecutiva, en una voluntad de acción que contrasta con el multilateralismo dubitativo de otros líderes. Pero lo cierto es que Trump no se distingue simplemente porque actúe. Lo decisivo es desde dónde actúa y lo hace desde la afirmación explícita y sin complejos de la primacía estadounidense, consciente de que en el mundo no tiene un “igual”: que no existe otro país que sea equivalente al suyo ni económica ni militar ni tecnológicamente. De ahí que no pretende simular que Estados Unidos es “un país más” entre iguales. Habla y procede como jefe de la potencia dominante, y lo hace sin la cortesía diplomática que durante décadas amortiguó esa asimetría y sin apelar a las instituciones internacionales creadas luego de la II Guerra Mundial (más bien él está intentando crear una institucionalidad paralela).

Esta franqueza -que para algunos resulta brutal- constituye la única verdadera novedad en el escenario internacional contemporáneo. No es que antes Washington no ejerciera su predominio; es que lo hacía envuelto en una retórica de igualdad. Trump eliminó ese velo y, al hacerlo, la política internacional dejó de ser una escena teatral de trato entre iguales para convertirse en lo que siempre fue: un sistema jerárquico donde la distribución del poder importa más que las declaraciones solemnes. Y en ese escenario la única potencia -todavía menor frente a Estados Unidos- que podría parársele enfrente, China, ha actuado con el mismo pragmatismo del que ha hecho gala constantemente en materias internacionales (no olvidemos que mantuvo las relaciones diplomáticas con Chile después de septiembre de 1973, reconociendo así, de facto, la dictadura militar): ha aceptado los hechos y se mueve ante ellos con discreción y cautela.

Mark Carney comprendió con lucidez esta transformación y por eso su llamado desde la tribuna de Davos ha sido a la unión de países que, como Canadá y los de Europa, hoy ni siquiera se acercan al poderío de Estados Unidos, pero que actuando juntos pueden ofrecer una capacidad de diálogo y negociación superior a la que tenían los milienses al negociar con Atenas. No ha propuesto igualar a Estados Unidos, empresa imposible en términos militares, económicos y tecnológicos, sino reducir la brecha mediante alianzas que permitan negociar con mayor peso relativo. El diagnóstico que hace también es pragmático: en un mundo donde la potencia hegemónica actúa como tal, los actores intermedios deben agruparse o resignarse a una marginalidad creciente. Y lo dijo con la misma franqueza descarnada que utilizó en todo su discurso: “si no estamos en la mesa donde se toman las decisiones, pronto estaremos en el menú”.

En este contexto, pensar en una América Latina unida para contrarrestar el poder estadounidense parece una quimera retórica. La región no sólo carece de cohesión política, de integración económica profunda y, sobre todo, de un proyecto estratégico común, sino que toda su capacidad económica, militar y tecnológica, amalgamada, no alcanzaría para igualarnos, siquiera, con los países medianos a los que arenga Carney.  

Para Chile, en ese contexto, la lección es evidente. La política exterior no puede fundarse en proclamas abstractas de autonomía ni en exaltados reclamos en defensa de soberanías heridas. Debe reconocer la realidad del sistema internacional y específicamente el orden de jerarquía que se ha establecido en él, lo que en términos prácticos significa hacer exactamente lo contrario de lo que ha estado haciendo el gobierno de Gabriel Boric: evitar antagonizar innecesariamente a la potencia dominante. Pero reconocer la realidad del orden internacional no significa alineamientos rígidos. Así, no cabe sino reconocer que Chile ya ha desarrollado vínculos económicos relevantes con China y que este país se ha convertido en su principal socio comercial. La mantención necesaria de esa situación es un hecho estructural que, con el pragmatismo del que están haciendo gala, seguramente será entendido tanto por China como por Estados Unidos. La clave, en definitiva, no está en elegir un bando, sino en administrar con inteligencia las necesidades e intereses propios.

Ya lo dijo Tsun Tzu: “Si no puedes ser fuerte, pero tampoco sabes ser débil, serás derrotado”.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile Más de Álvaro Briones

La política internacional no es más que la interacción de intereses nacionales, muchas veces contrapuestos, entre diferentes Estados y que “como toda política, es una lucha por el poder” (Hans Morgenthau). El Derecho Internacional, por otra parte, carece de la facultad de imperio (la potestad de los tribunales de justicia para hacer cumplir sus resoluciones, usando la fuerza si fuese necesario —la espada de la típica imagen de la justicia—) y se ha visto permanentemente supeditado a consideraciones políticas, donde las enormes diferencias en el poder nacional de los Estados hacen utópica la aplicación del principio de igualdad jurídica de los mismos. Adolfo Paúl Latorre Magíster en ciencia política

Muy completa exposición y conclusión del autor del artículo.

Irán, el nuevo objetivo de un Trump envalentonado

El cara a cara más rudo

El cable se presidencializa

Gonzalo Cordero: «Este gobierno termina como ejerció, en medio de chambonadas de marca mayor»

De Concón a Hong Kong: la trama y el lobby chino para que el cable saliera desde Playa Amarilla

Exembajador de Chile en China: «Si el gobierno sigue haciendo tonteras, obviamente más difícil se pone la situación para Kast»


© El Líbero