El consenso invisible de los venezolanos
La más reciente encuesta nacional del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo sobre diálogo y convivencia en Venezuela (2025), nos deja una conclusión poderosa: los venezolanos compartimos mucho más de lo que nos separa. El 98,8% de los encuestados afirma sentirse orgulloso de ser venezolano. Después de tanto dolor acumulado, la identidad nacional permanece sólida. Además, 64,1% considera que compartimos un destino común más allá de nuestras diferencias políticas. No estamos frente a dos países enfrentados. Somos una sociedad que, en lo profundo, entiende que su futuro está entrelazado.
Para el 87,1% de los ciudadanos, el cuidado de los hijos y el núcleo familiar es el principal factor de cohesión. Allí está el verdadero consenso nacional, en proteger a los nuestros, sostener el hogar, construir estabilidad. Estos datos dibujan una sociedad con sentido de pertenencia y prioridades compartidas.
La cohesión en Venezuela se construye alrededor de la vida diaria, no de ideologías. El 86,9% identifica el trabajo y las ganas de “echar pa’lante” como un elemento central. El 86,3% destaca el deseo de vivir en paz. Después de años de confrontación, la mayoría privilegia estabilidad y normalidad. Y 85,7% coincide en que la mejora económica es una prioridad compartida. La aspiración es concreta. Hay que apuntar a la mejora del empleo, los ingresos dignos, y el bienestar. La gente se une alrededor de soluciones tangibles, no alrededor de banderas ideológicas.
Frente al conflicto, la preferencia es clara. Entre quienes reconocen que existen tensiones en el país, 84,6% prefiere que se resuelvan mediante acuerdos antes que por imposición o confrontación. La mayoría considera que el diálogo y la negociación son la mejor vía para resolver las diferencias políticas. Y es que, además, el 72,6% descarta la violencia como vía de cambio político, y 77,4% considera que una escalada violenta agravaría la situación del país. Predomina la conciencia de que los costos de la confrontación superan cualquier posible beneficio, aunque también es cierto que existe un cansancio profundo después de tantos años de crisis que no se tradujeron en mejoras concretas de la calidad de vida.
Por otro lado, la intolerancia hacia ideas distintas, ya sea por represión, escrache en redes o agresiones personales, limita la participación en debates de temas públicos. Cuando el núcleo familiar es el principal espacio de cohesión, el riesgo de fracturar vínculos cercanos hace que muchos prefieran callar antes que confrontar. La sociedad muestra madurez, el debate público, no siempre. Por tanto, los venezolanos esperan y demandan soluciones para la reconstrucción nacional. Pese a todas las dificultades, persiste la esperanza de alcanzar acuerdos concretos que mejoren las condiciones materiales de vida.Corresponde ahora a los actores políticos canalizar estas expectativas y traducirlas en políticas públicas, reformas institucionales y mecanismos de diálogo efectivos. Recuperar la confianza en la política es clave para contar con legitimidad y apoyo popular. Ello exige reducir el lenguaje de confrontación y tender puentes entre los distintos sectores de la sociedad. El diálogo no puede ser un eslogan, debe convertirse en práctica sostenida y en instrumento de gobernabilidad democrática.
La pregunta ya no es si hay base social para la convivencia. La hay. La pregunta es si la política estará a la altura de esa madurez ciudadana.
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