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Diarios Fraternos: Dos primos en tiempos de John Winston Lennon -Parte 2-

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17.08.2026

A mi primo hermano y mejor amigo Alfredo Magoo Morales F. 

«Si mantienes los ojos y los oídos abiertos, D

…la vida te enseñará todo lo que necesitas»

«No camines delante de mí, puede que no te siga. 

No camines detrás de mí, puede que no te guíe. 

Camina a mi lado y sé mi hermano.»

Diarios Tercios: El vecindario de las hormonas alebrestadas y los baby boomer

La quinta Moravia colindaba a la zurda-norte con la familia Calvo; a la diestra-sur, con los Méndez Gimón; al frente-oeste con los Alfaro; y al este, con la quebrada de agua insalubre y la rumba de ranchos pobres. Cada una llevaba su propia historia contigua.

Los Calvo asumían una cercanía extrema, pues apenas una malla ciclón separaba una casa de la otra. Una de las niñas Calvo era amiga asidua de la menor de mis primas. Recordé con nostalgia cuando la quinta fue derribada para construir el primer edificio de la zona de quintas -cercana a la av. Andrés Bello-, cuyo nombre olvidé. En esa propiedad horizontal sufrimos, con propiedad vertical, los primeros pininos de la testosterona y el influjo de las alebrestadas feromonas de la feminidad núbil.

A los Méndez Gimón, dueños de la clínica del mismo nombre y los ricos de la cuadra, nos restringíamos a saludarlos por encima del muro que lindaba con su huerto de mangas sin hilacha. Con total arbitrariedad, raptábamos los frutos que colgaban sobre nuestro patio sur, el cual unía el jardín de entrada con el traspatio embaldosado de la casita de muñecas.

Quizá la quinta de los Alfaro era la más visitada por nosotros. Gonzalo, su hijo mayor y primogénito, nos llevaba tres años, pero nos trataba como iguales. Nos invitaba a menudo a cazar roedores en el lote trasero con rifles de balines Flower 5,5 mm y palillos de dientes. Era una muerte inhumana para los animales, que sufrían horas atravesados por esas mini flechas de madera empleadas como proyectil. Las ratas ignoraban por dónde les llegaba la parca. La crueldad gestionada con Gonzalo avivaba la que ya llevábamos instalada en los genes y la que reforzaban las lecciones del chofer en nuestro recién estrenado salvajismo.

Así fuimos creciendo, entre lecciones bestiales de testosterona y libido. Al flamante edificio de propiedad horizontal se mudaron jovencitas de........

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