Diarios Dietéticos: Entre un régimen y el otro
«Un régimen de vida estricto no es una cárcel, sino el andamiaje necesario
para que la voluntad no se desmorone ante la fatiga.»
Santiago Ramón y Cajal (Nobel de Medicina 1906).
«Bajo un régimen de opresión, hasta el silencio se convierte
…en una dieta amarga que el alma debe aprender a digerir para sobrevivir.»
Herta Müller (Nobel de Literatura 2009).
«La verdadera riqueza reside en la sencillez de nuestra dieta
y en la firmeza de nuestro orden interno; lo demás son solo adornos del ego.»
Rabindranath Tagore (Nobel de Literatura 1913).
«Debemos someter nuestra curiosidad a una dieta selecta:
leerlo todo es una forma de no aprender nada bajo un régimen de ruido constante.»
T.S. Eliot (Nobel de Literatura 1948).
Todo régimen humano que ignora la fragilidad del individuo
termina por devorar su propia esencia; la moderación es el único alimento que nos salva.»
Albert Camus (Nobel de Literatura 1957).
«Ninguna democracia puede sobrevivir si el pueblo carece de una dieta básica de justicia y de pan;
…la libertad no florece en estómagos vacíos.»
Nelson Mandela (Nobel de la Paz 1993).
Soberanía Espiritual versus Régimen Sucia-lista
Los Diarios Dietéticos, como título, no representa una simple crónica de pérdida de peso; son el alegato de una resistencia doble. Se sitúan en la compleja intersección donde colisionan la voluntad de un cristiano de a pie, y la estructura de un sistema político que ha redefinido el significado de la palabra escasez, a Tirios y Troyanos, pedestres o no.
En el tejido del Socialismo S. XXI, el término régimen adquiere una carga semántica opresiva. Designa una organización de poder que intenta modelar la realidad colectiva, a través de la necesidad o control del sustento básico. Frente a ese orden involuntario, surge el régimen propio: la decisión deliberada de imponer un orden interno, allí donde el entorno exterior, parece caótico o restrictivo, y el que ordena, haciéndose el doble espía.
Para el experto, la disciplina del cuerpo es, en sí, una extensión de la vida anímica. No se trata de una busca de finura estética, sino de una pericia de la templanza, una virtud cardinal del ingenio. Si el mundo externo impone controles, el ejercicio de la autodisciplina se convierte en un acto de autonomía. Es la solicitud del cuerpo como territorio sacro, un área que no atañe al Estado ni a ideologías, sino a la relación íntima entre criatura y natura.
En fin, no es otra cosa que la narración del que anda por la calle de una sociedad desconocida, conservando la vista fija en los principios eternos. Mientras el sistema político busca la obediencia, el sujeto busca la autonomía a través del dominio propio. La verdadera revolución no acontece en las plazas ni en los decretos, sino en la tácita y constante victoria de la voluntad sobre el instinto, y de la fe sobre la adversidad.
Despertar para Marcus, luego de subsistir tantos años bajo un régimen hambreador, era como un baño de agua fría matutina que acaso te deja temblando y desayunando agua. Sabía que a estas alturas lo obvio no lo era tanto. La rutina de la escasez lo había convertido en un sedentario con sobrepeso rayando la obesidad, es decir, en peligro de una morbilidad que de a poco se va construyendo tapando las arterias de azúcar indigerida que a la postre lo hizo engordar, pues los carbohidratos que no se absorben celularmente se convierten en grasas que a la postre te matan si no le pones reparo a los desarreglos alimenticios.
A sus setenta años Marcus aún conservaba restos de la condición física que tuvo en ese tiempo por haber sido atleta de competencia escolar en natación, a nivel nacional. Y casi rompe el récord para el momento, en cincuenta metros libres estilo crol. Y además se cuidó años ejercitando mientras aprendía Biología Marina en la Universidad de Oriente-Cumaná y luego en UDO Nva. Esparta donde fue a parar en 2 épocas, para adquirir al fin la Licenciatura en Biología, mención Biología Marina.
En los tiempos de la mal llamada revolución bonita, Marcus, como tantos otros, sin mencionar la diáspora de casi nueve millones de almas obligadas a irse a ultramar, (muchos con una mano adelante y otra atrás, y una minoría que se las arregló con tesón o familias ya establecidas en el extranjero, en especial España, Italia y países de américa del sur como Perú, Chile y la hermana Colombia), se vio obligado a quedarse atendiendo a su progenitora.
Marcus, luego de mudarse a un apartamento de un familiar y dar clases de biología aquí y allá, mal pagado y con un futuro sin futuro a la vista, se frustró y se aisló y sedentarizó en su casa, exclusivamente para atender a su mamá con déficit cognitivo hacía unos años y a la que pasó a ser paño de lágrimas, y al mismo tiempo, su tortura-prisión a puerta abierta.
Pasados los años, ambos envejecimos, y no tardo poco cuando Mamá se murió ante su mirada inane y un corazón partido, lo que lo convirtió en un hombre de aspecto obeso y descuidado, pero nunca desaseado. El orden, la higiene y la organización extrema la heredó de su madre y el ingenio y creatividad, la heredó de su padre.
No obstante, heredó un país derrotado, tiranizado y arruinado, lo que lo transformó en el hombre que ahora se convirtió en la mejor versión de sí mismo, hoy, con mirada clara y mente establecida en la escritura y el conocimiento general, debatiéndose entre la ciencia natural y la literatura, la que desarrolló por 26 años y lo llevó a ser reconocido en su trabajo divulgativo en un diario nacional, lo que le ganó el nombramiento de Embajador del habla hispana de Venezuela ante el mundo. Lloró un día entero cuando recibió la mención en plenaria de esa fundación célebre española, conocida como Museo de la Palabra-Fundación Cesar Egidio Serrano, ONG financiada por el premio Princesa de Asturias, vale decir, de los Monarcas de España.
Las cartas están echadas y Marcus es parte del proceso democrático que está en ciernes en el país…de esa forma Marcus puso a dieta su cuerpo y elevó su mundo a las letras divulgando pedagogía e historia de la época, sin siquiera darse cuenta de lo que encarnaba.
En la otra acera del asfalto agrietado, donde la consigna reemplaza al concepto y el megáfono a la razón, habita el Tipo Comunal. Si Marcus es la verticalidad del espíritu, este es la horizontalidad del rebaño. No es un individuo, sino una pieza de un engranaje oxidado que gira por inercia y migajas.
El Tipo Comunal no despierta con la lucidez del agua fría, sino con el ruido del censo y el listado. Su cuerpo no es un templo sagrado bajo su dominio propio, sino un depósito de gestión estatal. Vive en la espera: espera por la bolsa de carbohidratos procesados, espera por el bono que diluye el arrojo, espera por la orden superior que le indica a quién señalar y a quién aplaudir.
Para él, la obesidad no es una señal de alarma metabólica, sino a veces un estandarte de supuesta lealtad lograda frente a la escasez ajena, o quizás, la misma hinchazón de la harina y el azúcar que Marcus decidió purgar. Su lenguaje se ha reducido a un léxico de guerra; batalla, victoria, resistencia, vaciado de toda metafísica.
Mientras Marcus escribe al mundo, el Tipo Comunal escribe informes de delación para asegurar su parcela de poder minúsculo en un barrio que se cae a pedazos. Su disciplina no nace del interior, sino del miedo a ser echado del reparto. Es el hombre que ha entregado su soberanía espiritual a cambio de una supervivencia tutelada, convirtiéndose en el espejo invertido de la libertad: alguien que no posee su cuerpo, porque ya no posee su voluntad.
Tocamos así al punto de inflexión donde la carne se topa con la idea. La comparación entre Marcus y el sujeto comunal, no es meramente política, sino existencial y biológica.
El Régimen Sucia-lista opera bajo la premisa de que el hambre es una herramienta de control. Al convertir el alimento en una dádiva política, busca atrofiar la voluntad del elector, transformándolo en un ser reactivo, un tipo cuya visual no va más allá de la próxima entrega de víveres. Aquí, el cuerpo se daña por la mala calidad del combustible impuesto y el alma se marchita por la pérdida del propósito individual. Es la esclavitud de la necesidad.
Por el contrario, la Soberanía Espiritual que encarna Marcus propone que el mando propio es la forma más elevada de insurgencia. Al poner su cuerpo a dieta y su mente en la excelsitud literaria, Marcus recobra el territorio que el Estado quiso decomisar. Su disciplina es un filtro: deja fuera el azúcar que inflama y la ideología que enturbia.
Conclusión: El Triunfo de la Voluntad sobre el Sistema
La realidad es cruda pero cierta: mientras el sistema apuesta por la masificación del individuo hacia la nada, el hombre consciente apuesta por la singularidad hacia el todo.
La comparación nos revela que existen dos tipos de pesos en este conflicto: el peso muerto de un sistema que hunde a sus seguidores en la dependencia, y el peso ligero del tipo que, asaltando sus propios instintos y apetitos, camina libre por la calle de una sociedad desconocida, siendo dueño absoluto de su destino y de su fe. La verdadera dieta no fue solo de calorías, sino de mentiras, y en esa privación, Marcus encontró su abundancia.
Marcantonio Faillace Carreño
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