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Diarios Criminales: Fuego en los Acantilados y el Fin de la Tregua -Parte 8-

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22.06.2026

«La violencia descontrolada tiene una simetría aterradora: 

termina devorando a los suyos. En la furia de la batalla, 

el cañón no reconoce hermanos ni aliados; 

solo busca un cuerpo donde alojar su frío vacío.»

Gabriel García Márquez 

(Premio Nobel de Literatura, 1982)

«Creemos que somos los directores de nuestra propia tragedia, 

los guerreros que defienden una causa justa. Al final, 

cuando el humo se disipa, descubrimos con horror que solo 

éramos los peones desechables en el tablero de un amo invisible.»

(Premio Nobel de Literatura, 1925)

«El hombre construye fortalezas de piedra, y almacena las armas, 

creyendo que ha cercado al destino. Olvida que el peligro real no viene del horizonte, 

sino de la misma tierra que pisa, que siempre está lista para abrirse bajo sus pies.»

(Premio Nobel de Literatura, 1949)

«Nos hemos vuelto esclavos de los números y de las pantallas, 

creyendo que controlar el algoritmo es controlar la condición humana. 

Pero la máquina no tiene sangre, y cuando estalla, nos recuerda que el dolor y la muerte 

siguen siendo de carne y hueso.»

(Premio Nobel de Literatura, 1998)

El peñero atracó en una ensenada oculta entre los acantilados de piedra roja de Macanao. El lugar era una fortaleza flotante: depósitos de combustible, cajas de munición rusa y guardias reciamente armados custodiaban el centro de operaciones de los hermanos Marval. En el fondo de una fosa excavada en la arena, cubierta con una reja de hierro oxidado, estaba Don Chucho. El viejo pescador, desnutrido pero con la mirada intacta, vio entrar a su hijo encadenado. No hubo lágrimas. En los ojos de los hombres de la Concepción, el miedo era un lujo que no podían permitirse.

El silencio de padre e hijo cortaba más que viento al atardecer. Don Chucho escupió un residuo de arena y miró de reojo a los guardias que apostaban fajos de billetes sobre una mesa de madera.

—El agua de esta ensenada está estancada, Jotañé -dijo el viejo en un susurro arisco, apenas moviendo los labios—. Cuando el mar no........

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