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Carora escrita de memoria

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14.01.2025

La idea que tengo sobre la ciudad de Carora está condicionada por un recuerdo inicial que me ha resultado, después de medio siglo, imborrable, y permanece como intacto. Llegué a esta vieja y rancia ciudad del siglo XVI siendo un niño, entrándole desde los Andes venezolanos que me vieron nacer, y no desde el semiárido, como era la costumbre, allá por los años 1960. Después de asombrarme por la neblina y los abismos de los páramos larenses, bajábamos, mi padre Expedito y yo en una camioneta Jeep, a la Depresión de Carora, geografía árida y reseca. Tierra sin jugo, enjuta, refugio del Diablo y de una curiosa expresión de la hispanidad, la godarria caroreña, así llamada por Chío Zubillaga.

Habíamos dejado atrás aquellos primorosos pueblecitos serranos donde solíamos oír fantásticas historias de el salvaje, una especie de oso capaz de raptar doncellas y niños arrebatandolos a sus madres; en una montaña, La Triguera, al sur de Cubiro, mi pueblo de nacimiento, vivía en una cueva una mujer que tenía varios hijos con ojos de un azul muy intenso y de los cuales nadie daba razón de sus paternidades; los días lluviosos eran prolongadisimos y nos contaban los viejos de hombres fulminados por rayos y centellas después de proferir vehementes insultos a lo sagrado. La blasfemia es, según Antonio Machado, una oración al revés.

De no haber aceptado mi padre el cargo de Director de escuela en la calcinante ciudad de San Juan Bautista del Portillo de Carora, no hubiese conocido a tan idiosincrático, heteróclito y singular conglomerado humano. Y lo digo porque si bien pertenecemos a la cultura universal de habla castellana y religiosamente católica, no es menos cierto que a pesar de ello posee la urbe del río Morere rasgos que le son muy suyos y que le dan a su ethos católico y barroco una fisonomía particular.

Nuestra modernidad, si acaso puede usarse tal término, es una modernidad barroca e incompleta, pues no ha terminado de realizarse acá entre nosotros la fusión en el mestizaje étnico, lo que en el resto del país se logró en el siglo XVIII. Quiero decir que acá ha persistido el sentido excluyente y de casta que se erosionó y sufrió un enorme desgaste con la violencia durante la Gesta Magna y la Guerra Federal. Los paladines de tan curiosa singularidad social en la primavera del siglo XXI son los llamados “godos de Carora” o “caras colorá”. Ellos son los introductores de la modernidad europea y norteamericana a la ciudad del Morere, pero también se han anclado en conductas decididamente premodernas, como la de un catolicismo ortodoxo que viene del Concilio de Trento del siglo XVI, así como en unas relaciones sociales y familiares basadas en una persistente endogamia biológica y espiritual, que habría asombrado al mismísimo Macondo de Gabriel García Márquez. Una frontera mental, religiosa, espiritual, legal, física, racial y de sensibilidades en cuanto al rigor de los tiempos, de las campanadas de la iglesia, del ritual, de los rezos, del recelo hacia las castas, nos dice Alejandro Cardozo Uzcátegui.

Al llegar a Carora nos instalamos en la flamante y espaciosa residencia del director del Grupo Escolar Ramón Pompilio Oropeza de Carora, una soberbia y altiva arquitectura escolar diseñada por el gobierno medinista de los años 40 y su extraordinario esfuerzo organizativo y de planificación educacionista. De estilo neocolonial, atribuible al arquitecto Carlos Raúl Villanueva por el uso ecléctico de diversos elementos arquitectónicos, tiene largos y frescos pasillos, frondosos patios y techos entejados. Carecíamos de refrigerador, hamacas y de mosquiteros, por lo que los primeros días fueron de dura y áspera acomodación. Aquello sucedió -para ser exactos- el 16 de septiembre de 1960. Habíamos descendido cerca de un kilómetro tomando en consideración que Cubiro se halla ubicado a 1.500 metros sobre el nivel del mar, hasta los 430 metros de la Depresión de Carora.

Sin embargo, la escuela donde nos asentamos era una especie de oasis por su tupida vegetación de verdísimas acacias rojas y amarillas traídas por no sé quién desde la lejanisima Indochina, además de coloridas cayenas y frondosos caujaros (Cordia spp). Allí se daban cita paraulatas y torcazas cantoras, loros y cotorras, pero lo que maravillaban al niño que era yo, fueron las cantarinas chicharras o cigarras, insecto que le da el nombre a la ciudad de Carora en la antiquísima lengua arawaca. Se alimentan de savia vegetal y sufren una curiosa metamorfosis después de cantar hasta ensordecernos, dejando una caparazón amarilla y seca en las ramas arbóreas. Viven en todos los continentes de la Tierra, excepción sea la de la gélida Antártida. Ese canto entonado del macho a mediodía tiene una erótica misión: atraer a la hembra. Bajo la agradable sombra de los follajes del Grupo intenté hacer algo increíble. En uno de aquellos largos agostos quise instalarme en una silla de extensión a leer todas y cada una de las páginas ilustradas de una colosal enciclopedia que por fascículos llegaba semanalmente a la escuela. Se llamaba Monitor y venía de la lejanisima Península Ibérica.

Ese lugar de cobijo era también el hábitat de varias especies terrestres de insectos, reptiles y pequeños mamíferos. En octubre y con las lluvias salían de sus refugios terrestres unos grandes y tímidos sapos, algunos de los cuales se metían a la habitación, debajo de mi cama. Los lagartos eran miríadas, y les daban a los chicuelos el nombre de lagartijos. La mayoría era de un gris vulgar, pero existía uno que era una maravilla de azul intenso y amarillo que los niños caroreños llamábamos “azulejos”. El cachicamito era un insecto que abría una suerte de cono en la tierra para atrapar a sus congéneres arrojándoles con la cola pequeñas cantidades de arena. No faltaban los ratones campesinos y las muy trabajadoras hormigas con las cuales hice mis insectarios en frascos vacíos de mayonesa. “Luis pasó todo el mes de agosto adorando las hormigas” decía mi mamá, Claver. Y no podía faltar el zumbido de los magníficos voladores negros y rechonchos, los cigarrones. Mi padre me decía que eran de la misma familia de las abejas, pero que elaboraban una cera y una miel ácida al paladar.

Es el semiárido venezolano la cuna de la colonización hispánica del siglo XVI. Juan de Ampíes y los Welser irrumpieron sobre Sudamérica, no olvidemos, desde su cimiento sita en Coro, voz chaquetía que significa “lugar de los vientos”. Hispanos y tudescos arrancarán desde allí para internarse en el continente tras la búsqueda de la mítica ciudad de Manoa, una afiebrada exploración tras del áureo metal. Seguirán aquellos intrépidos la ruta trazada por las inmemoriales y prehistóricas “rutas de la sal” aborígenes, para de tal forma plantarse en lo que ahora es el estado Lara, al centroccidente de Venezuela, para fundar tres orgullosas y presumidas ciudades de blancos: la “Ciudad Madre” de El Tocuyo, Barquisimeto, y por último Carora como vía de comunicación con la Laguna de Maracaibo y la señorial ciudad de Coro.

Al abrigo de una geografía imposible por su dureza y reciedumbre, la Ciudad del Portillo se dio unos contornos y unos caracteres muy propios. Se trata de una depresión geográfica que nos separó durante siglos del resto del occidente venezolano. Es una suerte de enorme circo o anfiteatro que rodea con serranías y picachos a tal depresión. Hundimiento tectónico atravesado por un único río, el que por su extensión nos retrajo y distanció del Lago de Maracaibo, de Coro y de Barquisimeto, de los Andes. Esta enorme superficie, por su vasta extensión comparable en superficie a la de algunos otros estados de Venezuela, tiene un clima desusado para el trópico, pues los semiáridos no son climas precisamente ecuatoriales. Son una curiosidad o una rareza geográfica los áridos venezolanos.

Esta geografía deslumbrante es el reino indiscutible del altivo cují (prosopis juliflora), una planta que tiene primos hermanos muy distantes y lejanos: en Arabia Saudita, el Sahara africano y la milenaria India. En América extiende sus brazos protectores desde México hasta el Perú. El Gran Sertao de Guimaraes Rosa y el Chile de Neruda son su asiento privilegiado. En nuestras “playas” de la Otra Banda caroreña se bate a duelo por el espacio con el dividive (Caesalpinia coriaria), otra leguminosa del Caribe mar. Sus minúsculos folios se acurrucan para protegerse del astro rey, y también por las noches para evitar la pérdida de la valiosa e insustituible humedad. Un prodigio de la Madre Naturaleza. Hurgan profundo sus potentes raíces para hacerse del agua hasta notables profundidades de hasta 50 metros. Los bovinos herbívoros andaluces traídos en el siglo XVI han hecho el resto para la supervivencia de estas mimosáceas en estos secos y desabridos parajes: diseminan en sus heces sus comestibles semillas. Pero la planta guarda para sí una protección del hambre de los cuadrúpedos en la toxicidad de sus hojas liliputienses.

Rafael Rodríguez era un colosal mecánico de toyotas y willias que vivía frente al Grupo Escolar dirigido por mi padre, en la calle Carabobo del sector El Trasandino. Parecía un charro mexicano, y cuando bebía aguardiente hablaba como los manitos. Hizo una cosa extraordinaria con los cujíes de su casa, que era también su taller. Debajo de la tenue y menuda sombra de esas magníficas plantas sembró algunas plantitas de café, y para sorpresa de muchos, dieron los frutos esperados por Rodríguez. Aquello fue muestra palmaria de que, al abrigo de tan diminutas hojas del cují, se crea una suerte de microclima que hizo posible aquel prodigio en las........

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