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Punteros de huella fresca

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27.09.2026

Según estudiosos de la sociología a los venezolanos se nos hizo un hueco en los recuerdos, un vacío en la memoria que agigantó nuestra conciencia reptiliana como mecanismo para luchar por la subsistencia. Nos convertimos en habitantes de lo básico, buscar alimento, tener luz, agua y estirar la vida con pasos temerosos entre la incertidumbre y la esperanza.

Pero sabemos que somos más que penuria y nostalgia, sabemos que venimos de un linaje de hombres y mujeres ecuménicos y guerreros que triunfaron sobre la noche y las cavernas, por eso todavía respiramos el aire de la libertad y nos alumbramos con el farol del regreso a la familia.

Instalados en este mirador de optimismo sobre las ruinas, en Carora hemos convertido los recuerdos en una fortaleza de combate contra el pesimismo y la resignación fatídica. Queremos llenar el vacío que borra el orgullo, con los nuevos significados del recuerdo, del recuerdo que es historia en papel y los recuerdos que son testimonio reciente y vivencial. 

A este esfuerzo que hemos llamado Carora: Una Historia de Trabajo y Fe, lo hemos convertido en causa para revisar obra, pensamiento y acción de quienes en el siglo XX, sobre todo en sus décadas intermedias, lograron concentrar en Carora un cúmulo de posibilidades económicas y culturales que nos colocaron el mapa agropecuario de Venezuela y además nos proyectaron como una referencia cultural y deportiva.

Este esfuerzo contiene el hacer memoria de personas que asumieron rol de liderazgo en la construcción de nuevas y favorables realidades para el Municipio Torres. Hoy queremos recordar a uno de ellos, Adolfo Álvarez Perera. Para tal fin rescatamos una entrevista que le hicimos hace aproximadamente 20 años.

Adolfo Álvarez: Un hombre de bien

Adolfo Álvarez Perera tiene una conversación fluida y refrescante, escucha con atención y deja que las palabras hagan oleaje sin dejar que traspasen las orillas de sus silencios interiores, luego deja brotar con llaneza un discurso bien hilvanado tejido con la sabiduría sencilla de los hombres de campo…Su casa es un implante exquisitamente rupestre dentro del casco colonial de Carora…Allí nos recibe, acompañado de Nano Yépez, Reverón de la palabra, inmerso en el laberinto de una inteligencia poderosa y solitaria… Adolfo Álvarez le escucha y sonríe, como espantándole los rebullones de la monotonía.

-«Mi padre Augusto Álvarez nació en Curarigua, en el seno de una familia humilde. Él era un hombre de trabajo, así se definía él mismo frente al mundo. Curarigua, en los tiempos cuando mi padre se formó como trabajador, era una población muy próspera, sobre todo por la gran cantidad de trapiches existentes, los cuales molían caña de alta calidad provenientes de las muchas haciendas circundantes que la producían. Era tal la fortaleza económica de Curarigua que mi padre nos contaba que de niño había asistido a fiestas o saraos donde los hombres vestían de paltó levita y........

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