Crónicas y relatos de la migración: Lo mejor que tiene Chile
Los hijos que han emigrado de amigos venezolanos reciben las encomiendas enviadas por sus papás. Papeles importantes que toman agradecidos por el favor de traerlos en nuestras maletas; también, con la nostalgia en sus miradas caídas, en sus manos inquietas y en sus bocas apretadas que besan los documentos, queriendo ver si huelen a las de sus parientes que se las enviaron junto con la ilusión de verlos y abrazarlos un día, cuando los visados en trámite aprueben la reunificación familiar.
Los amigos chilenos que han comprado entradas para una noche de teatro y han reservado mesa en el restaurante que cierra más tarde. La comedia ligera que trata los temas pesados de parejas infieles, estresadas por el trabajo o desorientadas en su sexualidad. La buena actuación estimula la risa y suaviza las extravagancias; a la salida, el aperitivo estimula el deseo de comer y los platos de fondo allanan los sabores intensos en el menú. La cultura y la comida caminan las noches de Santiago tomadas de la mano, desde Bella Vista hasta Providencia, entre Vitacura y Las Condes.
Las playas heladas de Arica se temperan con el sol del verano, se llenan de gente, de sombrillas y carpas, de toldos y puestos de comidas. Amigos ariqueños que invitan a llegar temprano para conseguir la mejor ubicación, desayunar con empanadas de horno y té caliente, cubrir el área con suficiente sombra, preparar el caldero donde se freirán los lomos del pescado del día para el almuerzo, tener listo el ceviche de pejerrey, enfriar la cerveza y descorchar el vino para un día memorable de charla vecina a la chanza, a la risa y al brindis. La brisa fresca del Pacífico se lleva las palabrotas repetidas e incorregibles del chileno.
Los restaurantes con la mejor vista en Viña del Mar se ambientan con el piano y las canciones de siempre, se abren con el pisco sour catedral, se aprueban con la merluza austral y se cierran con el escocés que acompaña las conversaciones auténticas, entre amigos confidentes de por vida. Igual en Rancagua y en Linderos, muy cerca al sur de Santiago, la comida está presente para celebrar la amistad entre Chile y Venezuela.
Mientras tanto los migrantes venezolanos hacen su trabajo, que los ha dignificado. Han conquistado la estima de sus empleadores chilenos que los prefieren por sus conocimientos, su capacitación, su actitud resiliente y el buen trato que dispensan a sus clientes. Trabajan duro y sin chistar para mantener sus familias en el país adonde han decidido emigrar y a las que dejaron en sus ciudades de origen. Todos, sin excepción, con la ilusión de volver algún día a su tierra.
Lo mejor de Chile este verano: los venezolanos que pronto volverán para trabajar en la reconstrucción de Venezuela.
Carlos J. Suárez Isea
Pulsa aquí para apoyar la libertad de expresión en Venezuela. Tu donación servirá para fortalecer nuestra plataforma digital desde la redacción del Decano de la Prensa Nacional, y así permitir que sigamos adelante comprometidos con la información veraz, como ha sido nuestra bandera desde 1904.
