Crónicas y relatos de la migración: Camino a Viña del Mar
La forma más práctica y económica de viajar de Santiago a Viña del Mar comienza en un andén del Metro de Santiago, en alguna de las 136 estaciones de una red de aproximadamente 140 kilómetros, en 7 líneas, que conectan las 26 comunas de la Región Metropolitana. La estación de combinación Tobalaba, en el corazón comercial de la comuna de Providencia, a una cuadra de la Torre Costanera Center, es un hormiguero ordenado de gentes que cruzan torniquetes para entrar o empujan batientes de vidrio para salir. Pasadas las tres de la tarde, el tren pasa cada minuto y en menos de media hora bajan los pasajeros en la estación Pajaritos, Línea 1, al poniente de la ciudad. Desde aquí salen buses a Viña del Mar cada 15 minutos y, en menos de 2 horas, en la comodidad de espaciosas butacas reclinables, se llega al terminal rodoviario de la “Ciudad Jardín” de Chile. Aún en temporada de verano, próximo a la semana del festival de música más grande e importante de América Latina, el costo del viaje a Viña desde Santiago no alcanza los 10 dólares por persona.
En el trayecto se cruzan los viñedos del Valle de Casablanca, reconocido internacionalmente por sus vinos blancos y el turismo de visitas guiadas a las viñas. En el 62% de la superficie vitivinícola cultivada se produce principalmente el Sauvignon Blanc y el Chardonnay, y en el otro 38% el Pinot Noir es el más cultivado. Hay viñas boutique donde los turistas son atendidos por el propio enólogo o por integrantes de la familia productora; y viñas grandes de impresionante arquitectura, centros de visitas, salas de degustación y restaurantes con vista a los viñedos. Las viñas más visitadas son la William Cole, la Emiliana, Viñamar, Loma Larga y Casas del Bosque. A la hora de escoger entre los vinos blancos chilenos, ya sabemos que los mejores se dan en el Valle de Casablanca, a medio camino entre Santiago y Viña del Mar.
Un Uber es la mejor opción de transporte entre el terminal de buses y el lugar de destino: los amigos chilenos que nos esperan para alojarnos en Chorrillos y atendernos en su casa, con empanadas de horno, asado y torta milhojas. El chofer del vehículo no parece chileno, más bien venezolano, por su tez trigueña y su tamaño que cabe justo en la butaca de conductor; su acento confunde, y hay que preguntar: “Soy caraqueño, tengo nueve años viviendo entre Chile y Argentina, ya no hablo venezolano, más bien suelen confundirme con uruguayo”, confiesa.
Choferes de Uber, meseros y motorizados del delivery son los oficios de muchos venezolanos en Viña del Mar, igual que en Santiago, lo mismo en Buenos Aires; todos con ganas de regresar a Venezuela, cuando las cosas se arreglen y las oportunidades de trabajo remunerado compitan con lo que ganan en otros países.
Carlos J. Suárez Isea
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