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Entre la espada y la pared

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América Latina sigue en el foco de atención del gobierno de Donald Trump. Desde el corolario Trump de la doctrina Monroe, hasta la Estrategia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, pasando por la captura de Nicolás Maduro y la abierta intervención electoral del mandatario en la región.

El último episodio se dio el pasado 7 de marzo con el proyecto de seguridad hemisférica conocido como Escudo de las Américas, presentado en la cumbre que reunió a más de una decena de jefes de Estado y de gobierno de América Latina y el Caribe.

El plan propone la creación de una coalición regional para combatir a los cárteles de la droga mediante cooperación militar, intercambio de inteligencia y operaciones policiales conjuntas. Según la Casa Blanca, esta alianza permitirá desmantelar redes criminales, rutas de tráfico y estructuras financieras vinculadas al narcotráfico en el hemisferio occidental. La duda es si una coalición ideológica será la mejor idea para lograrlo.

Al evento realizado en unos de los resorts de Trump acudieron Javier Milei (Argentina), Nayib Bukele (El Salvador), Luis Abinader (República Dominicana), Santiago Peña (Paraguay), Daniel Noboa (Ecuador), Antonio Kast (Chile), Rodrigo Chaves (Costa Rica) y José Raúl Mulino (Panamá), entre otros. Todos ellos mandatarios de derecha y abiertamente alineados con Donald Trump.

Sin embargo, la cumbre estuvo marcada por ausencias significativas: las tres mayores economías de América Latina -México, Brasil y Colombia- no participaron en la reunión.

El presidente colombiano Gustavo Petro señaló que su gobierno no había solicitado participar en la coalición y criticó la militarización de la lucha contra el narcotráfico. Por su parte, el brasileño Lula da Silva de Brasil ha sido más vocal respecto de las operaciones militares recientes de Estados Unidos en violación del derecho internacional.

La presidenta Claudia Sheinbaum restó importancia a la exclusión de México y aseguró que la cooperación bilateral con Washington en materia de seguridad ya existe. “No fuimos invitados, pero no necesitábamos ser invitados porque ya tenemos un acuerdo con Estados Unidos”, señaló.

Nuevamente, la posición más complicada es la del gobierno mexicano. Por un lado, conviene tomar distancia del coro de aduladores del presidente Trump. Al mismo tiempo, resulta difícil evadir las acusaciones directas del mandatario a México de ser el epicentro de la violencia del narco y su insistencia en el uso de la fuerza militar.

Quizá la reacción de la mandataria mexicana ha sido acertada: decomiso récord de fentanilo en Colima, un líder del CJNG detenido y otro de los criminales más buscados por EU aprehendido. El propio FBI y la DEA expresaron su reconocimiento a las autoridades del país. Puestos entre la espada y la pared, México optó por responder con más golpes al narcotráfico, ratificando en los hechos la alineación con Trump.


© El Heraldo de México