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El hombre volverá a pisar la Luna

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A más de 400 mil kilómetros de la Tierra, la misión Artemis II —a bordo de la nave Orión— llevará a su tripulación a la órbita lunar. Verán el llamado “lado oculto” y, con ello, se convertirán en los humanos que más lejos han viajado de nuestro planeta. No es un dato menor: es una redefinición del alcance humano.

En medio de guerras, incertidumbre política y tensiones económicas globales, la ciencia irrumpe como recordatorio incómodo: el progreso no se detiene, incluso cuando todo lo demás parece descomponerse. Por un instante, obliga a levantar la mirada y aceptar que los límites siguen siendo, en buena medida, autoimpuestos. ¿Qué Suena cursi? Tal vez.

Pero basta escuchar a la NASA explicar la precisión de los cálculos para entender que no hay nada ingenuo en ello. La misión aprovechará la gravedad terrestre y lunar como una suerte de coreografía cósmica: un juego de fuerzas invisibles que permite viajar más lejos utilizando menos energía. No es poesía, es física; aunque, por momentos, parezca lo mismo.

La órbita lunar no es solo destino, sino herramienta. La nave será impulsada por la gravedad del propio satélite para regresar a la Tierra. Lo que en otro tiempo habría parecido ciencia ficción, hoy es ingeniería aplicada con precisión quirúrgica. Y aun así, conserva intacta su capacidad de asombro.

Tan revelador como ese despliegue tecnológico es el contraste que lo acompaña. En plena misión, fue necesario reparar el inodoro de la nave. El detalle, aparentemente trivial, es en realidad una síntesis perfecta de la condición humana: podemos rozar lo infinito, pero seguimos atados a lo esencial. La épica convive con lo doméstico.

Ese episodio dice algo más profundo. No hay conocimiento menor. La plomería, en ese contexto, se vuelve tan crítica como la astrofísica. La sofisticación extrema no elimina la dependencia de lo básico; la confirma.

Desde el espacio, la Tierra vuelve a exhibirse como lo que es: un cuerpo esférico suspendido en la nada. A estas alturas, podría parecer innecesario subrayarlo, pero aún existen quienes lo niegan. La evidencia, sin embargo, no discute: se observa.

Llama la atención otro elemento menos épico, pero igualmente revelador. Parte del material visual de la misión será capturado con iPhones de última generación. No cámaras diseñadas exclusivamente para el espacio, sino dispositivos de uso cotidiano, los mismos que millones llevan en el bolsillo. En órbita, esos teléfonos funcionan en modo avión y se utilizan como cámaras.

No hay comunicación, pero sí registro. Y en ese gesto hay varias capas de lectura. Por un lado, la demostración de la capacidad tecnológica estadounidense: lo que viaja al espacio es, en esencia, lo mismo que se comercializa en la Tierra. Por otro, una ruptura simbólica entre lo extraordinario y lo cotidiano.

Un dispositivo de aproximadamente 1,200 dólares participa en una misión cuyo sistema de lanzamiento supera los cuatro mil millones. Más aún: ese aparato concentra mayor potencia informática que la utilizada en todo el programa Apolo. La distancia entre ambas épocas no es solo temporal, es estructural.

La exploración espacial ya no depende exclusivamente de desarrollos cerrados y exclusivos; comienza a incorporar tecnología de consumo masivo. Y eso abre una pregunta más amplia: ¿cuánto de lo que hoy se prueba allá arriba redefinirá la vida aquí abajo?

Artemis II no es un punto de llegada, sino una fase intermedia. Sus cuatro astronautas no descenderán a la superficie lunar, pero sí ingresarán a un club extremadamente reducido: el de los humanos que han orbitado la Luna. Apenas unas decenas en toda la historia.

Sin embargo, el verdadero desafío no está en la ida, sino en el regreso. La cápsula Orión deberá reingresar a la atmósfera terrestre a cerca de 40 mil kilómetros por hora. Para dimensionarlo: más de cien veces la velocidad máxima registrada por un monoplaza de Fórmula 1.

A esa velocidad, el problema no es avanzar, sino sobrevivir. La fricción elevará la temperatura hasta cerca de 2,700 grados Celsius. La nave deberá resistir, desacelerar, desplegar paracaídas y amerizar con precisión milimétrica. Todo en cuestión de minutos. Todo sin margen de error.

Ahí es donde la hazaña deja de ser narrativa y se convierte en apuesta real. Porque el espacio no perdona imprecisiones.

El ser humano no solo está por volver a la Luna. Está, una vez más, probando que la ciencia sigue siendo el único lenguaje capaz de llevarnos más lejos que cualquier discurso.

Y, sin embargo, incluso en medio de este logro, hay espacio para un gesto que desentona.

Era previsible. Donald Trump tomó la palabra el día del lanzamiento. Muchos esperaban que utilizara Artemis II como símbolo de unidad, como recordatorio de lo que un país puede lograr cuando alinea propósito, talento e inversión.

Dedicó apenas unos segundos a la misión. El resto del discurso giró, como es costumbre, en torno a sí mismo: su narrativa, su protagonismo, su lectura de la guerra con Irán y por qué —según él— todo responde a su lógica.

Ni la Luna logra competir con su eje gravitacional.

Y eso, visto en perspectiva, también dice algo sobre nuestro tiempo.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM


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