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Afortunadamente, Carney no es Chamberlain

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22.01.2026

“Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra.”

-Winston Churchill, le dijo a Neville Chamberlain

La historia no se repite, pero rima. Y cuando rima demasiado fuerte, conviene prestar atención.

Uno de los grandes errores que precipitaron la Segunda Guerra Mundial no fue la fuerza de Hitler, sino la debilidad -política, moral y estratégica- de quienes creyeron que cediendo un poco, el agresor se conformaría. Neville Chamberlain encarnó esa ilusión: conceder para evitar el conflicto. El resultado es conocido. Hitler no se detuvo. Nunca lo hizo. Cada concesión fue leída como permiso para ir más lejos.

Hoy, salvando las distancias históricas, el mundo vuelve a enfrentarse a una figura que estira la liga del poder hasta donde se lo permiten. Donald Trump no es Hitler -las analogías literales suelen ser torpes-, pero sí pertenece a la misma categoría política: líderes que concentran poder, lo ejercen sin contención y prueban constantemente hasta dónde pueden llegar antes de que alguien les diga “hasta aquí”.

Groenlandia es el ejemplo más reciente. No porque vaya a ser anexada mañana, sino porque el punto nunca fue hacerlo, sino demostrar que podía intentarlo. Trump no necesita consumar cada amenaza; le basta con normalizar la idea, imponer la narrativa, medir reacciones. Mostrar músculo. En su lógica, gobernar también es humillar, provocar y exhibir........

© El Heraldo de México