Afortunadamente, Carney no es Chamberlain
âOs dieron a elegir entre el deshonor o la guerra. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra.â
-Winston Churchill, le dijo a Neville Chamberlain
La historia no se repite, pero rima. Y cuando rima demasiado fuerte, conviene prestar atención.
Uno de los grandes errores que precipitaron la Segunda Guerra Mundial no fue la fuerza de Hitler, sino la debilidad -polÃtica, moral y estratégica- de quienes creyeron que cediendo un poco, el agresor se conformarÃa. Neville Chamberlain encarnó esa ilusión: conceder para evitar el conflicto. El resultado es conocido. Hitler no se detuvo. Nunca lo hizo. Cada concesión fue leÃda como permiso para ir más lejos.
Hoy, salvando las distancias históricas, el mundo vuelve a enfrentarse a una figura que estira la liga del poder hasta donde se lo permiten. Donald Trump no es Hitler -las analogÃas literales suelen ser torpes-, pero sà pertenece a la misma categorÃa polÃtica: lÃderes que concentran poder, lo ejercen sin contención y prueban constantemente hasta dónde pueden llegar antes de que alguien les diga âhasta aquÃâ.
Groenlandia es el ejemplo más reciente. No porque vaya a ser anexada mañana, sino porque el punto nunca fue hacerlo, sino demostrar que podÃa intentarlo. Trump no necesita consumar cada amenaza; le basta con normalizar la idea, imponer la narrativa, medir reacciones. Mostrar músculo. En su lógica, gobernar también es humillar, provocar y exhibir........
