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Crisis moral del sistema internacional

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02.03.2026

El reciente ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, acompañado por la muerte del ayatola Alí Jamenei y de otros altos dirigentes iraníes, representa un momento de enorme gravedad para el orden internacional. Se ha producido una acción militar de gran escala con efectos directos sobre la estabilidad de Medio Oriente y sobre la credibilidad del sistema multilateral.

Omán había decidido realizar una ardua mediación entre Estados Unidos e Irán. El ministro de Exteriores, Badr al-Busaidi, viajó el viernes pasado a Washington para hablar con J.D. Vance y después dio una entrevista a CBS: “Si el objetivo final es garantizar para siempre que Irán no pueda tener una bomba nuclear, creo que hemos resuelto ese problema a través de estas negociaciones al acordar un avance muy importante que nunca antes se había logrado”, dijo. Unas cuantas horas después, el ataque norteamericano e israelí contra Irán daba inicio.

La primera baja es la confianza en las reglas. Desde 1945, la comunidad internacional ha intentado sostener la idea de que la fuerza no puede ser el instrumento ordinario para resolver controversias entre Estados. Cuando una gran potencia actúa por su cuenta, o con una coalición limitada, la impresión que se consolida es que las normas son irrelevantes. Y cuando esa percepción se extiende, no sólo se debilita una institución; se deteriora la base moral sobre la que descansa la convivencia entre naciones.

La segunda consecuencia es el agravamiento de la incertidumbre estratégica. Irán puede haber sido golpeado con dureza, pero no ha dejado de ser un actor con capacidad de respuesta directa e indirecta. En una región atravesada por tensiones religiosas, rivalidades estatales, milicias aliadas, rutas energéticas decisivas y memorias históricas de larga duración, ningún ataque de esta naturaleza permanece aislado. Toda operación presentada como limitada puede transformarse, en cuestión de días, en una espiral de represalias, disuasiones y errores de cálculo.

La ONU, por su parte, vuelve a aparecer como una institución moralmente necesaria y políticamente insuficiente. El Secretario General, António Guterres, ha condenado la escalada y ha advertido que estos ataques socavan la paz y la seguridad internacionales. Pero el mundo observa, una vez más, que la organización carece de medios eficaces cuando quienes alteran el equilibrio son precisamente algunos de los actores más poderosos del sistema. La consecuencia no es la desaparición “per se” del orden internacional, sino la sustitución del derecho por la capacidad militar.

En este contexto, la Doctrina Social de la Iglesia ofrece un criterio fundamental: la paz no es sólo ausencia de guerra ni simple equilibrio de fuerzas; es obra de la justicia, del respeto al derecho, y de la búsqueda sincera del bien común basado en la dignidad de la persona. Cuando la acción militar sustituye a la legalidad internacional y cuando la lógica de la supremacía prevalece sobre la del diálogo, no se construye una paz verdadera, sino una tregua frágil sostenida por el miedo. Por eso, ningún interés estratégico puede legitimar indefinidamente la erosión del derecho, porque cuando el derecho se debilita para uno, tarde o temprano se debilita para todos.

POR RODRIGO GUERRA LÓPEZ

SECRETARIO DE LA PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA

E-MAIL: RODRIGOGUERRA@MAC.COM  


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