Cómo conocí a “El Mencho”
Era difícil imaginar un final distinto para Nemesio Oseguera Cervantes. Un hombre que ordenó, sin el menor escrúpulo, la muerte de cientos de personas de manera directa y de miles más de forma indirecta en las pugnas con sus adversarios en el negocio criminal; un sujeto que enlutó tantos hogares que perdió toda noción de humanidad.
La misión cumplida por las Fuerzas Armadas el 22 de febrero es más que una detención de relevancia mundial; es un reencuentro entre ciudadanía e instituciones. No sólo por el fondo del acontecimiento, sino por todos sus matices: de la noticia inicial y el caos desatado por los criminales, a una conferencia puntual y clara; de las calles incendiadas por la violencia a la recuperación progresiva de los espacios públicos.
Mención aparte merece el General Secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla, quien, con voz quebrada pero firme, ofreció uno de los gestos más humanos que puede tener un mando: honrar a su tropa y lamentar las pérdidas de efectivos caídos en los cobardes ataques posteriores al operativo.
Perfiles de “El Mencho” abundan ya en medios nacionales e internacionales. También análisis -algunos muy valiosos- sobre el futuro del cártel. Por ello, esta vez prefiero ofrecer un testimonio personal: cómo lo conocí.
Conocí su crueldad sin haberlo tenido nunca frente a mí, al recuperar los cuerpos de cinco compañeros asesinados en el municipio de Ocotlán, Jalisco, en 2015, cuando en la recién creada División de Gendarmería de la Policía Federal atendíamos denuncias de extorsión en el corredor La Barca-Irapuato.
Lo conocí en las cicatrices de mi compañero Iván Morales, sobreviviente de la caída del helicóptero de la Fuerza Aérea el 1° de mayo de 2015, durante un operativo destinado a su detención. Años después, las balas alcanzaron su vida y la de su esposa, tras haber declarado en Estados Unidos contra otro integrante del cártel.
Lo conocí a través del dolor de las familias de mi amigo Camilo Castagné, entonces coordinador de la Policía Federal en Veracruz, y del inspector José Rigoberto Peña, ultimados por órdenes suyas en represalia por sus acciones operativas contra el huachicol; también en el desgarrador testimonio de las madres y padres de los jóvenes desaparecidos en Tierra Blanca, Veracruz, en 2016, a manos de sicarios bajo su mando, quienes, al ser detenidos, narraron sin remordimiento el proceso de asesinato y desaparición.
Lo conocí en el estupor de millones de mexicanos que presenciamos su intento de asesinar a uno de los secretarios de Seguridad más comprometidos que ha tenido nuestro país.
No lo conocí en persona, pero sí en cada ataúd cubierto con la bandera, en cada familia rota. Y por eso, más allá de cualquier lectura política o análisis estratégico, su caída es memoria, justicia y, sobre todo, recordatorio de que las instituciones -cuando actúan con determinación- pueden imponerse sobre quienes lo desafiaron desde la barbarie.
Y no, no fue un acto heroico morir al enfrentar al Ejército Mexicano, como seguramente intentarán narrarlo los narcocorridos que a estas horas ya deben estarse escribiendo. Fue la confirmación de la sentencia anticipada que pesa sobre quienes, en sus delirios de poder, se creen más fuertes que el Estado.
Más que un cierre, que sea el inicio de una etapa de recuperación de territorios, de proteger más a la población, evitar triunfalismos y avanzar hacia la paz que tanto se anhela.
MANELICH CASTILLA CRAVIOTO
