Agua, leche y poder
En los últimos días, se ha documentado con detalle un tema que inevitablemente empieza a incomodar en el norte del país. La enorme cantidad de agua que sostiene el modelo productivo de Grupo Lala, de Eduardo Tricio Haro, en la Comarca Lagunera.
Los registros de la Comisión Nacional del Agua muestran que integrantes de la familia Tricio, propietaria de la empresa, concentran 165 concesiones para extraer agua en las Cuencas Centrales del Norte.
En conjunto, esos títulos autorizan cerca de 48 millones de metros cúbicos al año, un volumen que permite mantener operando uno de los sistemas lecheros más grandes del país.
La historia no es nueva, pero los datos ayudan a dimensionarla. La mayoría de esas concesiones se otorgaron entre finales de los años noventa y la primera década de los dos mil. Fueron años en los que la autoridad hídrica autorizó decenas de permisos para explotar acuíferos en una región que hoy figura entre las más presionadas del país.
No solo es un tema de pozos, sino que la producción de leche requiere un enorme volumen de agua indirecta. El cultivo de alfalfa que alimenta al ganado es uno de los forrajes más demandantes del recurso.
Investigaciones académicas han estimado que producir un litro de leche puede implicar miles de litros de agua cuando se considera toda la cadena productiva.
En la Comarca Lagunera viven cerca de dos millones de personas que dependen de los mismos acuíferos para su abastecimiento. A medida que el estrés hídrico aumenta, queda la pregunta de ¿hasta qué punto el modelo agroindustrial que sostiene a la industria lechera es compatible con la disponibilidad de agua de la región?
Especialistas y organizaciones ambientalistas llevan años planteando esa discusión. Lo que cambia ahora es que los datos empiezan a circular con mayor claridad.
El tema no es únicamente ambiental, sino económico y político. Porque el agua, en una región árida, siempre termina siendo una forma de poder.
SALA DE JUNTAS: El más reciente Informe de Conectividad Global de DHL 2026 —promovido por Tobias Meyer, CEO global de la empresa— muestra que los flujos internacionales de comercio, capital, información y personas se mantienen prácticamente en el mismo nivel récord alcanzado en 2022.
El índice que mide esa conectividad se ubica alrededor de 25%, lo que confirma que la actividad económica internacional sigue siendo profunda, incluso en un entorno de tensiones comerciales y ajustes en las cadenas de suministro.
La rivalidad entre Estados Unidos y China suele presentarse como la prueba de una fractura económica global. Sin embargo, su intercambio representa apenas una fracción del comercio mundial y no ha provocado una ruptura del sistema.
Las mercancías recorren hoy distancias más largas que nunca y los negocios internacionales siguen expandiéndose. La globalización no desaparece. Pero sí se está reconfigurando.
POR IVÁN RAMÍREZ VILLATORO
