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La violencia vicaria no tiene género

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20.02.2026

Mariana -llamémosla así- logró que un juez reconociera que su expareja ejercía violencia vicaria en su contra. Durante meses él utilizó a sus hijos para dañarla: cancelaba convivencias, sembraba miedo, distorsionaba su imagen frente a ellos. Mariana no pedía privilegios; pedía algo básico: ver a sus hijos sin que el vínculo se convirtiera en castigo.

La figura de violencia vicaria en México tiene sustento en instrumentos como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer y la Convención de Belém do Pará. Fue una respuesta a una realidad histórica: muchas mujeres eran violentadas también a través de la manipulación de sus hijas e hijos. Nombrar esa violencia fue un avance necesario.

Pero hay una pregunta incómoda que no debilita esa lucha, sino que la fortalece: ¿qué ocurre cuando la instrumentalización va en sentido contrario?

En separaciones, divorcios o incluso cuando nunca hubo matrimonio, también existen dinámicas donde el conflicto adulto se vuelve permanente. Cuando el dinero se transforma en la exigencia central y las niñas y niños en el medio de presión. Cuando el padre es reducido a proveedor. Cuando, aun con depósito puntual, pareciera que nunca es suficiente frente a una ruptura que no ha sanado.

Más de un hombre celebró que en Coahuila existan antecedentes donde la autoridad determinó que también mujeres pueden cometer violencia vicaria. No se celebró el conflicto familiar; se celebró que se nombrara una experiencia que durante años fue invisibilizada: el uso emocional de los hijos para castigar al padre.

El principio rector es el interés superior de la niñez, reconocido en la Convención sobre los Derechos del Niño y en nuestra Constitución. Ese principio obliga a mirar el daño real. La descalificación constante de uno de los progenitores o la obstrucción injustificada de la convivencia afectan directamente la identidad y el desarrollo emocional de niñas y niños.

Las consecuencias no son menores. Una hija puede crecer con una visión distorsionada de la figura paterna y construir relaciones marcadas por la desconfianza. Un hijo puede aprender que el afecto se condiciona y repetir dinámicas de control en su vida adulta. La violencia instrumentalizada no termina en el juicio; suele instalarse en la siguiente generación.

Ser feminista implica sostener un estándar coherente: la violencia es inaceptable, venga de quien venga. La igualdad no consiste en alternar el poder para dañar, sino en impedir que la infancia sea utilizada como herramienta de presión.

Porque el conflicto no sana, no resuelve, no mejora la calidad de vida. Al contrario: se prolonga, lastima y desgasta. Y quienes pagan el costo más alto no son los adultos que litigan, sino las niñas y los niños que aprenden, demasiado pronto, que el amor puede convertirse en arma.


© El Heraldo de México