Nuestra hoja de ruta norteamericana
Ya han pasado ocho meses desde que el primer ministro canadiense formulara en Davos un llamamiento a las demás democracias del mundo para que se unieran y resistieran la coerción diplomática y económica que hoy emana de Washington. Como nunca antes, ese llamado se ha vuelto más perentorio, para Canadá ciertamente y su camino de diversificación estructural, mitigación de vulnerabilidades y palanqueo de su relación con Estados Unidos, pero también para México en el contexto de su negociación a dos bandas con Washington: la arancelaria y la de la revisión estatutaria anual del T-MEC.
El sistema internacional vive un despertar abrupto después de un sueño de los inocentes de varias décadas y el comienzo de una dura realidad en la que la geopolítica y la aún principal potencia del mundo no reconocen límite alguno. Paradójicamente, por primera vez en décadas las potencias medias y las llamadas naciones pivote tienen incentivos y espacios para incidir en esa reconfiguración geopolítica. México lamentablemente no tiene –estructuralmente en términos de poder duro pero también por omisión y comisión propias– las opciones que a Canadá le permiten pivotear como lo hace Carney. Pero sí puede ser algo que pocas potencias medias –queramos o no asumirnos como tal y ejercer o no ese papel– tienen a su alcance: ser el........
