España–Marruecos: de la Marcha Verde a la crisis de Ceuta
Corrían los meses de octubre y noviembre de 1975. Francisco Franco, dictador de España, caudillo y generalísimo –“Caudillo de España por la gracia de Dios”, como rezaba la propaganda oficial– agonizaba en Madrid. Su cuerpo había quedado sometido a una sucesión casi dantesca de intervenciones médicas, mientras el régimen que había construido durante casi cuatro décadas comenzaba también a extinguirse. Franco moriría finalmente el 20 de noviembre de 1975.
Marruecos estaba en el tuétano, en el alma y en el espíritu del hombre al que el franquismo llamaba Generalísimo. Un título cuya grandilocuencia recuerda, salvando todas las distancias históricas, a Antonio López de Santa Anna, el gobernante mexicano que se hizo conceder el tratamiento de “alteza serenísima” y el grado de capitán general durante su última dictadura.
Fue en Marruecos donde Franco inició su carrera más audaz y su ascenso militar. Primero como oficial de los Regulares y después como uno de los hombres fundamentales de la Legión, creada por José Millán-Astray. Franco fue uno de quienes hicieron de aquel cuerpo militar lo que todavía representa dentro del Ejército español.
También fue allí donde recibió el disparo que estuvo a punto de matarlo. Ocurrió en junio de 1916, durante el combate de El Biutz, cerca de Ceuta. Una bala le atravesó el abdomen y lo dejó gravemente herido. Aquello no solamente le dio medallas y reconocimiento, sino que lo colocó en un punto de partida decisivo para contar y significar dentro del generalato.
Al otro lado del estrecho de Gibraltar gobernaba un rey joven, hijo de Mohamed V, afrancesado, retorcido y extraordinariamente hábil para la estrategia política. Se llamaba Hassan II.
El monarca marroquí había desarrollado una relación muy cercana con Henry Kissinger, secretario de Estado de Estados Unidos, y con la administración de Washington. Marruecos era una pieza fundamental de la estrategia estadounidense en el norte de África y un contrapeso frente a Argelia, país cercano a la Unión Soviética y principal rival regional de Rabat.
Hassan II aprovechó el final del franquismo para dar el tiro de gracia a lo que quedaba del que alguna vez fue uno de los mayores imperios coloniales de la tierra. El 6 de noviembre de 1975 movilizó a cientos de miles de personas en una marcha aparentemente pacífica, llamada la Marcha Verde, con el propósito de entrar en el Sáhara español y obligar a Madrid a abandonar el territorio.
Marruecos presentó aquella operación como la recuperación de una tierra propia. Sin embargo, la Corte Internacional de Justicia había determinado que, aunque existían determinados vínculos históricos entre el sultán de Marruecos y algunas tribus saharauis, esos lazos no constituían soberanía territorial ni anulaban el derecho del pueblo del Sáhara occidental a decidir libremente su futuro.
A Hassan II no le costó demasiado consolidar su posición y echar a los españoles. Para empezar, porque España era un régimen agonizante, con un dictador que ya no podía mandar y unas élites concentradas en preparar la sucesión. Para continuar, porque aquel movimiento geoestratégico formaba parte de un mapa mucho más amplio.
Marruecos ocupaba un lugar fundamental en la visión de Henry Kissinger.........
