Y toda la discordia de Babel
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Uno de los más terribles poemas de la antigüedad es el salmo 137, que en nuestro tiempo se convirtió en un disco pop y en una canción de reggae (“Junto a los ríos de Babilonia, allí llorando estábamos sentados acordándonos de Sion”), porque en él están condensadas la antigüedad y la ferocidad de guerras como esta entre Irán e Israel, que ahora desvela al mundo.
Este choque, magnificado absurdamente en peligro planetario por Estados Unidos, no es una prolongación directa del conflicto de hace más de 2500 años entre persas y judíos, pero sí tiene mucho de su tiniebla y de su resonancia mitológica.
En el año 598 antes de nuestra era los ejércitos de Nabucodonosor invadieron Judea y derribaron el templo de Jerusalén. Las cosas no habían comenzado allí, pero en esa ocasión el pueblo judío fue llevado cautivo a Babilonia, y el salmo recuerda que junto a los grandes ríos los prisioneros habían colgado sus arpas de los sauces cuando sus captores, en burla, les pidieron que cantaran canciones de su tierra.
Los cautivos no solo se negaron sino que juraron venganza, y hasta le pidieron a su Dios, que era invisible e implacable, que si ellos lo olvidaban o lo traicionaban les pegara la lengua al paladar y los hiciera olvidarse de su propio rostro. El recuerdo de Jerusalén profanada tenía que estar por encima de su propio gozo terrestre.
Ese salmo de oscura........
