El Mundial de Trump y compañía limitada
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Estaba entrando en la adolescencia cuando vi, en blanco y negro, las jugadas fabulosas de Pelé: aquella en la que, tras una genialidad inverosímil, dejó regado con un amague increíble al arquero uruguayo Mazurkiewicz. Y no fue gol. O como aquel cabezazo que parecía una bala de cañón, pero que el guardameta inglés Gordon Banks desvió para ahogar el grito de gol. Y muchas otras en las que Pelé y su corte poetizaban el fútbol, esa disciplina que un académico francés, en un arranque retórico, definió como la “inteligencia en movimiento”.
Hoy, cuando el fútbol parece haber perdido la fantasía, cuando las ganancias y otras rentabilidades, incluidas las de las apuestas, son las que gobiernan el balón, uno puede ser un sufriente, pero, ante todo, un nostálgico de aquellas jornadas gloriosas, cuando el fútbol era una mezcla de epopeya griega y líricas de poetas malditos. Puede decirse que solo un jugador como Maradona, que en un mismo partido marcó dos goles históricos, uno “divino” y otro humano, con su proeza fungió como vengador de los muchachos argentinos muertos por los ingleses y al mismo tiempo puso en la picota a los militares asesinos que los enviaron al matadero.
Este........
