Tragedias naturales y tragedias criminales
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En su Poème sur le désastre de Lisbonne, Voltaire pregunta: ¿Qué crimen han cometido los niños aplastados bajo los escombros?
A las 7:34 de la mañana de ese lunes, la tragedia surgió sin previo aviso desde lo más profundo de la Tierra. A unos cien kilómetros de profundidad, en el interior de la litosfera y en las inmediaciones de San José del Palmar, en Chocó, una masa descomunal de roca, sometida durante años a enormes esfuerzos tectónicos, cedió de repente. En cuestión de segundos, parte de la energía elástica acumulada comenzó a propagarse hacia la superficie en forma de ondas sísmicas que atravesaron la corteza a velocidades supersónicas.
Las costas occidentales de Colombia se encuentran sobre una de las grandes cicatrices geológicas del planeta: allí, la placa tectónica de Nazca se hunde bajo la placa Sudamericana. «Subducción» es el término técnico. El movimiento es permanente y extraordinariamente lento a escala humana: unos seis centímetros y medio por año. Pero la roca que desciende hacia el interior de la Tierra se deforma y acumula enormes esfuerzos hasta que, de tanto en tanto, alguna región cede súbitamente.
Eso fue precisamente lo que ocurrió el día de la tragedia. En apenas unos segundos, un terremoto de magnitud 7,4 liberó alrededor de ocho mil billones de julios de energía, una cantidad comparable a la de unas 125 bombas atómicas, como aquella que pulverizó Hiroshima. La energía no ascendió como una explosión que empujara la corteza desde abajo. Se alejó del lugar de la ruptura en forma de vibraciones en la roca.
Para comprender el fenómeno, podemos imaginar, de manera simplificada, que el interior de la litosfera —la capa sólida y rígida que forma la parte exterior de la Tierra— está formado por pequeños cubos de caucho perfectamente ajustados entre sí. Al comprimir uno de ellos, el cubo se deforma y, cuando la presión desaparece, intenta recuperar su forma original, como un resorte que se comprime y luego se suelta. Ese movimiento de recuperación empuja al cubo vecino; este, a su vez, empuja al siguiente, y así la perturbación comienza a propagarse. En la roca real, las deformaciones son diminutas en relación con las enormes dimensiones del medio que atraviesan, pero pueden propagarse a través de volúmenes inmensos y transportar grandes cantidades de energía sin que la materia viaje con la onda.
Las primeras en llegar son las ondas P, de tipo primario: comprimen y dilatan la roca en la misma dirección en que avanzan, como cuando damos un empujón brusco a uno de los extremos de un resorte. En las rocas profundas, pueden recorrer entre 6 y 8 kilómetros por segundo. Unos instantes después, llegan las ondas S, de tipo secundario, más lentas —típicamente entre tres y cinco kilómetros por segundo—, que, en lugar de comprimir la roca hacia adelante y hacia atrás, la hacen oscilar transversalmente, de lado a lado o de arriba hacia abajo.
Esa vibración también puede medirse por su frecuencia. Pero un terremoto no tiene una sola frecuencia, como una orquesta no produce una única nota. Las ondas P y S llegan mezclando vibraciones rápidas y lentas, y esa diferencia es fundamental. Un suelo que oscila una vez por segundo puede desplazarse varios centímetros de lado a lado; si oscila más rápidamente, el desplazamiento puede ser menor y, sin embargo, la aceleración — y con ella las fuerzas que actúan, por ejemplo, sobre las columnas de un edificio — puede ser igual o incluso mayor. El peligro no depende solo de cuánto se mueve el suelo, sino también de cuán rápido cambia de dirección.
Para entender cómo se produce el daño, podemos pensar en una edificación como un enorme péndulo. Toda estructura posee una frecuencia natural de oscilación: si la apartáramos ligeramente de su........
