menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La fragilidad de la razón

48 0
27.06.2026

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

Bertrand Russell lo señaló con su habitual precisión: somos racionales hasta que la evidencia empieza a contradecir las creencias recibidas en la infancia, cuando aún no podíamos distinguir entre la verdad y el adoctrinamiento.

Mientras se trata de demoler supersticiones ajenas, somos cartesianos, escépticos e implacables. Pedimos pruebas, exigimos coherencia y denunciamos falacias. Pero cuando esa misma racionalidad se vuelve hacia las ideas que nos fueron inculcadas junto con la lengua, la religión, los valores, la raza... algo dentro de nosotros entra en disonancia. Entonces, la navaja de la razón, tan precisa para diseccionar los errores ajenos, se vuelve roma y obtusa.

Por eso resulta tan revelador el caso de Sam Harris, a quien considero uno de los pensadores públicos más lúcidos de nuestro tiempo. Pocas figuras han defendido con tanta claridad la necesidad de someter las creencias religiosas, morales y políticas al examen de la razón. Harris razona con una precisión extraordinaria: separa planos, detecta contradicciones, denuncia supersticiones y exige evidencia. Ante el islamismo, el relativismo moral y la credulidad religiosa, su inteligencia corta como un bisturí.

Pero cuando se trata de juzgar las políticas de Israel, ese bisturí se convierte en algodón. Gaza, bajo su lupa crítica, desaparece tras la explicación omnipotente y tranquilizadora del yihadismo. El sufrimiento brutal del pueblo palestino queda reducido, en su mente, a una patología religiosa: una desgracia inevitable —incluso moralmente aceptable— en la defensa de la libertad, la democracia y los valores occidentales frente al fanatismo islámico.

Esa ceguera resulta aún más llamativa porque Harris no es ni un propagandista ni un fanático. Es, precisamente, uno de los grandes defensores del pensamiento racional. Pero también es un ser humano. Formado en la tradición judía y marcado —como es perfectamente comprensible— por la memoria del antisemitismo y de la histórica vulnerabilidad del pueblo judío, parece incapaz de mirar de frente la tragedia de las decenas de miles de víctimas civiles inocentes que han muerto bajo el fuego israelí.

Para Harris, la devastación de Gaza se reduce a una discusión semántica en torno al término «genocidio». Lo mismo ocurre, dicho sea de paso, con Steven Pinker. Pero aun si esa palabra fuera discutible, existen otras maneras de nombrar la infamia, igualmente graves y mucho menos controvertidas: crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad, castigo colectivo, desplazamiento forzado, destrucción sistemática de infraestructura civil. El vocabulario jurídico es amplio. Y detrás de esas categorías no hay abstracciones, sino hechos: niños despedazados, familias enteras borradas, hospitales colapsados, hambre utilizada como arma de guerra y una población desplazada una y otra vez entre las ruinas. Lo inadmisible es que la disputa sobre una palabra termine por atenuar la realidad que esa palabra intenta describir.

La tesis de Harris, compartida por no pocos defensores de las políticas de Israel, resulta seductora precisamente porque simplifica la realidad. El problema central no sería la ocupación, los asentamientos, la expulsión, la humillación cotidiana ni la ausencia de ciudadanía para millones de........

© El Espectador