La paranoia del poder
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La desilusión cae como un baldado de agua fría: es repentina, pasma los sentidos y la razón por unos instantes, y deja un recuerdo de incomodidad y desasosiego que perdura por mucho tiempo. La semana pasada, una persona que ostenta —y ha ostentado— cargos de poder en el sector público y privado, y a quien yo tenía como un ejemplo de humanismo y virtud (a pesar de haberse ido acercando poco a poco al lodazal de la política), me hizo cambiar, tras un intercambio de unas cuantas líneas, toda mi percepción sobre él. La desilusión fue completa.
Su respuesta a un par de preguntas que le hice fue, en principio, condescendiente; luego, abiertamente irrespetuosa, pues asumió —a partir de esas preguntas— que yo era su detractor, su opositor, su enemigo ideológico y político. En nuestro intercambio fue incapaz de superar ese prejuicio que él mismo se creó y, por ello, ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba esencialmente de acuerdo con su postura y de que mis preguntas eran sólo eso: preguntas. En vez de reconocer a un aliado, vio en mí a un enemigo que lo cuestionaba, que dudaba de él, que lo atacaba, y se radicalizó, mostrando una faceta mucho más cercana a la bajeza de la política que a la elevación del humanismo.
Me impactó profundamente, pues jamás lo esperé. ¿Por qué la........
