“¡Dios lo ha querido!”
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Uno de mis primeros intereses históricos fueron las Cruzadas. Recuerdo haber leído con fruición, durante mi adolescencia, hace ya unas cuantas décadas, los maravillosos libros de Steven Runciman, en los que se narran los acontecimientos que rodearon uno de los procesos históricos que cimentaron ese concepto tan difuso y problemático que es la llamada “identidad Occidental”.
El llamamiento a la Primera Cruzada, realizado por el papa Urbano II en Clermont el jueves 27 de noviembre de 1095, es uno de los hitos más importantes de la cristiandad y de la historia de Occidente. Según la tradición, en el clímax de su discurso alguien gritó: “¡Dios lo ha querido!”, lo que condujo a los oyentes a una suerte de paroxismo místico. Aquel grito se transformaría en consigna y justificación: en la frase que validaría, a los ojos de Occidente, cualquier horror cometido con tal de alcanzar el objetivo.
El 15 de julio de 1099 –hace exactamente 927 años–, después de cinco semanas de asedio, los cruzados atravesaron las murallas negras de Jerusalén. Habían llegado convencidos de que recuperarían la ciudad sagrada de Cristo. Lo que siguió fue una carnicería. Musulmanes y judíos fueron asesinados, capturados o vendidos; algunos lograron huir y otros sobrevivieron gracias a rescates o pactos particulares. Las cifras medievales —70.000 muertos, según una tradición árabe— son inverosímiles, pero la exageración numérica no borra la realidad: hubo una matanza, celebrada por sus vencedores como un triunfo de la fe (“¡Dios lo ha........
