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Avanzar para construir un diálogo capaz de iluminar el disenso en la universidad pública

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05.03.2026

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«El valor es buscar la verdad y decirla; es no someterse a la ley de la mentira triunfante que pasa, y no hacer eco, con nuestra alma, nuestra boca y nuestras manos, de los aplausos necios y de las burlas fanáticas». Con estas palabras, Jean Jaurès, el humanista más íntegro del socialismo francés, terminaba su Discurso a la juventud en 1903. En él, instaba a los ciudadanos a defender la democracia mediante el rechazo a la mentira hoy definida como posverdad y la resistencia a los aplausos fáciles de los fanáticos que buscan, con el estruendo, nublar o permear el pensamiento ajeno. Se trata, ante todo, de un llamado a la serenidad en la acción.

En consecuencia, la universidad no puede ser un espacio de dogmas o de obediencia ciega, sino el escenario donde prevalezcan el rigor y el pensamiento crítico. La verdadera honestidad académica nos exige que cada argumento esté basado en evidencia, alejándonos de la retórica que busca imponerse por la fuerza del ruido. Un universitario digno de ese nombre debe tener la valentía de cuestionar sus propias ideas y creencias, permitiendo que la razón, y no la manipulación externa, se convierta en la brújula de sus acciones. Solo a través de este ejercicio de libertad intelectual podremos garantizar que nuestra universidad siga siendo un faro de conocimiento y no un rehén de intereses particulares, dominado por la violencia simbólica.

Esta autonomía del espíritu que reclamaba Jaurès no puede sostenerse en el vacío; requiere de una base material que la proteja de las presiones externas. Para que la libertad de cátedra y el rigor científico no sean vulnerables a la asfixia presupuestaria o al control político, es imperativo transitar hacia modelos de gestión que garanticen la independencia institucional. No basta con desear una universidad libre; es necesario construir pilares económicos que permitan que esa libertad sea permanente. La historia de las instituciones académicas más prestigiosas nos enseña que la soberanía intelectual nace, precisamente, de la diversificación y solidez de sus recursos.

Hay un momento en la historia de las grandes universidades del mundo en que la pregunta sobre el financiamiento dejó de........

© El Espectador