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Gotas frías caen sobre mi cabeza

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28.09.2026

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La otra noche, mientras hablaba en mi programa de televisión, gotas frías caían desde el techo sobre mi cabeza.

El canal en que trabajo hace veinte años se ha declarado formalmente en quiebra. Quienes trabajamos en él lo hemos arruinado. Sus dueños deben trescientos millones de dólares. Han tratado de venderlo. Nadie quiere comprarlo.

Los acreedores del canal, cuatro fondos de inversión, hartos de que no les pagasen, han tomado posesión de la empresa, no solo del canal, sino de varias radios. El canal tiene ahora nuevos dueños. No los conozco, no he hablado con ellos.

Si los banqueros que ahora poseen el canal desisten de operarlo…

Si los banqueros que ahora poseen el canal desisten de operarlo porque lo consideran un negocio ruinoso que no pueden salvar y deciden cerrarlo, mis días en esa televisora estarán contados. Pero es posible que los nuevos dueños consideren que el canal, bien administrado, podría levantar cabeza, expandir su audiencia, mejorar sus ingresos y dejar ganancias. En ese caso, si se proponen rescatar al canal de la bancarrota para convertirlo en un negocio rentable, tal vez me pidan que siga haciendo mi programa, o quizás me despidan. Si los nuevos dueños son defensores del presidente rubicundo que nos gobierna, mis días estarán todavía más contados, porque suelo expresarme en aquella tribuna con abierta hostilidad a ese presidente acanallado, charlatán, de mala entraña, que se cree el rey del mundo y, una y otra vez, sin advertirlo, hace el ridículo.

Entretanto, aguanto y resisto, como he aguantado y resistido veinte años largos, viendo cómo despedían a mis colegas, cómo echaban a los técnicos y camarógrafos, cómo recortaban sin piedad mis honorarios, cómo el negocio se empequeñecía y languidecía. Muchos han caído en el camino porque no aceptaron que la televisora les bajara el sueldo. Ahora el canal se cae a pedazos, literalmente se cae a pedazos: el techo tiene huecos y, cuando llueve copiosamente, lo que ocurre a menudo, todo se inunda porque el agua persistente del chubasco penetra por esos orificios, mojando los estudios, las cámaras, los decorados y los pasillos. Por eso la otra noche, mientras yo........

© El Espectador