La geopolítica y la armamentización de las emociones
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¿Dónde están las emociones? ¿Dónde quedan? ¿En qué lugar habitan? ¿Son exclusivamente individuales o pueden colectivizarse? ¿Son contagiosas? Vivimos en una época en la que estas preguntas han dejado de pertenecer únicamente a la psicología o a la filosofía para convertirse en asuntos de profunda relevancia en el análisis político. Las emociones parecen transmitirse y propagarse con una velocidad comparable a la de un brote epidémico, atravesando fronteras, culturas y sistemas políticos.
Existen, al menos, dos formas de entenderlas. La primera corresponde a aquellas emociones que sentimos como profundamente propias, íntimas e irreductibles. Son las que nos hacen pensar que nuestra identidad es única e irrepetible. El amor, el miedo, la tristeza o la esperanza parecen pertenecer a un espacio personal donde toda intervención externa encuentra límites. Con frecuencia resulta difícil explicarlas racionalmente; se puede amar u odiar incluso cuando la razón sugiere lo contrario.
La segunda dimensión es más inquietante. Se refiere a la capacidad que tienen actores externos para inducir, modelar y amplificar emociones colectivas. ¿Qué ocurre cuando líderes políticos, gobiernos o movimientos ideológicos construyen sistemas de resentimiento, indignación o miedo destinados a ser compartidos por millones de personas, independientemente de su origen geográfico? Esta cuestión merece una atención urgente porque la política contemporánea recurre cada vez más al lenguaje de las emociones y menos al de los argumentos.
El problema no radica en que las emociones participen de la vida pública (algo inevitable), está en que terminen sustituyendo a la razón como criterio de........
