La interminable derrota
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Dos hombres salen a nadar al mar en plena epidemia. Rieux y Tarrou nadan en silencio y, por unos minutos, el mundo apestado queda suspendido. Camus lo narra con precisión: “Rieux veía que Tarrou nadaba regularmente. El mar era tibio, y Rieux, al sumergirse, dejó atrás la ciudad, la epidemia, la derrota”.
Antes de ese baño nocturno, en el diálogo que me resulta más sincero del libro, Tarrou —el filósofo de esta historia— le pregunta a Rieux: ¿por qué lucha si no cree en Dios? La respuesta del médico es una confesión. Le dice que si creyera en un Dios todopoderoso se quedaría quieto y le dejaría el problema al todopoderoso. Pero nadie (ni siquiera el padre Paneloux, el jesuita que predica que la peste es un castigo merecido) se abandona del todo a esa delegación cómoda. Y entonces, en esa grieta entre la fe declarada y la acción concreta, Rieux encuentra su única certeza: hay que luchar. “¿Contra quién?”, pregunta Tarrou. Rieux mira hacia el mar, hacia la oscuridad del horizonte, y dice: —“No sé”. Y después dice algo que no he olvidado desde mi primera lectura: —“Siempre serán victorias provisionales. Siempre, ya lo sé. Pero eso no es razón para dejar de luchar”. Y cuando Tarrou le pregunta cómo es entonces la peste para él, el médico responde sin drama: —“Una interminable derrota”.
Me detengo aquí porque esta fórmula: la derrota interminable como........
