Alta agencia: una religión del riesgo
En los últimos meses, una expresión de origen anglosajón ha comenzado a abrirse paso en el vocabulario económico y empresarial: la llamada "alta agencia" ("high agency"), que cabe interpretar más certeramente como "alta iniciativa". Bajo esta etiqueta, que circula con naturalidad en Silicon Valley y comienza a hacerlo en Europa, se agrupa una actitud que exalta la iniciativa individual, la capacidad de romper inercias y, sobre todo, la disposición a asumir riesgos como principio rector de la nueva gestión. La propuesta resulta seductora en un tiempo marcado por la incertidumbre: frente a un mundo que parece volverse más inestable, se nos invita a actuar, a decidir y a "hacer cosas".
La idea, en su formulación más amable, no carece de fundamento. Recordar que los individuos conservan margen de decisión en contextos complejos es, en sí mismo, un antídoto frente al bajo ritmo, rigidez organizativa y limitada creatividad frecuentes en la actuación del sector público. La disposición a cuestionar inercias y a reconfigurar estructuras —en la línea de la "destrucción creativa" descrita por Joseph Schumpeter— ha acompañado históricamente a los grandes procesos de innovación y crecimiento. En ese sentido, la "alta agencia" no hace sino reformular, con un lenguaje nuevo, virtudes bien conocidas
Sin embargo, el desplazamiento conceptual que introduce va más allá de una simple reivindicación de la iniciativa individual. Bajo esa apariencia, se desliza una transformación más profunda: el énfasis deja de estar en la acción para situarse en el riesgo. No se trata solo de actuar, sino de hacerlo rápido, sin red y, en ocasiones, sin dirección clara. La virtud ya no es tanto la prudencia o la acumulación paciente, sino la disposición de apostar fuerte, de asumir........
