La IA una regulación pendiente en la democracia mexicana
Entre abogadas y abogados existe un dogma que se repite en las aulas como si fuera un salmo: el Derecho siempre corre detrás de la realidad. Primero nos atropella el cambio, luego nos lamentamos por el choque y, al final (cuando ya no hay remedio), nos sentamos a discutir cómo regular el tráfico. Con la Inteligencia Artificial (IA) la historia se repite, pero con un agravante: la tecnología viaja en un tren de alta velocidad mientras nuestras leyes avanzan a paso de tortuga... y pido una sentida disculpa a los quelonios por la comparación, pues ellos, al menos, tienen una dirección clara.
El pasado 11 de marzo, el Congreso nos regaló otro de sus habituales espectáculos de aritmética política. La reforma electoral de la Presidencia se quedó en el "ya casi": 259 votos a favor y 234 en contra. Kenia López Rabadán, desde la Mesa Directiva, sentenció el acta de defunción de una propuesta que pretendía sacudir los cimientos del sistema.
Sin embargo, entre el ruido por los plurinominales y el eterno drama del financiamiento a los partidos, se nos escapó un detalle que sí miraba al futuro y no al siglo pasado: la regulación de la IA en la comunicación política. Un tema que suena técnico, casi aburrido, pero que en realidad es la llave de la "democracia digital" o, mejor dicho, de lo que queda de ella.
Seamos realistas: las campañas ya no se ganan solo sudando la gota gorda en la plaza pública o con spots acartonados en televisión. Hoy la verdadera guerra se libra en el fango de los algoritmos de recomendación. La comunicación política ha mutado y la IA se ha convertido en el arma preferida para fabricar realidades a la medida; una herramienta capaz de manipular la opinión pública mediante "información sintética". El problema, como siempre, no es el juguete, sino el niño que lo usa sin supervisión.
Para quienes prefirieron no leer las letras chiquitas de la reforma, el planteamiento era de una sencillez casi ingenua: transparencia. Se buscaba algo tan elemental como que el ciudadano supiera cuándo un video, una voz o una imagen han sido alterados por una máquina. Parece razonable, ¿cierto? Pues en este país, pedir honestidad digital es, aparentemente, abrir una caja de Pandora donde chocan la innovación, la libertad de expresión y, por supuesto, los intereses electorales de quienes prefieren pescar en río revuelto.
Hemos cambiado de siglo, pero no de mañas. En el XX, el trono era de la televisión; antes, de la radio. Hoy, el altar es la red social. Pero hay una diferencia perversa: la asimetría informativa. Actualmente, es posible lanzar un discurso completo de un candidato sin que este haya abierto la boca, o inventar eventos multitudinarios, pero ya no en plataformas como Photoshop, basta dictar un orden a la IA para inflar egos y encuestas.
Si esto preocupa a nivel nacional, en Chihuahua el escenario es todavía más pantanoso. El "ring" político local se está calentando y las "campañas que no son campañas" ya están usando algoritmos para cazar al público joven, construyendo narrativas artificiales que se venden como verdades orgánicas.
¿Está nuestra autoridad electoral lista para este videojuego de sombras? Honestamente, lo dudo. Nuestra legislación actual fue diseñada para un mundo de antenas y papel periódico. Mientras tanto, nuestro estado (como suele suceder) se perfila para ser el laboratorio perfecto donde se pondrán a prueba estas nuevas y peligrosas formas de alquimia digital. Al final, si no regulamos pronto, el único voto real será el que le demos al algoritmo, mientras los políticos siguen discutiendo temas en el pasado.
