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Therians y la búsqueda de identidad

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22.02.2026

Parece un planteamiento inocente y hasta confunde, pero también desplaza la carga ontológica hacia el individuo en capullo.

Decir que “se deja la carga ontológica al niño” significa esto: en vez de transmitirle una identidad básica como algo dado —“eres esto, perteneces aquí, tu cuerpo y tu condición humana tienen un significado”— le decimos que debe descubrir por sí mismo qué es

Parte del problema es la tendencia a huir a la autoridad paternal y hasta escolar, a quedarse en territorio neutral para no socavar la “libertad” futura del niño o adolescente. No ejercer la guía, para dejar el camino libre y abierto…a lo que sea.

Las guías tradicionales del niño y el joven eran: Familia, Religión, Nación, Comunidad local, y Narrativa histórica compartida. Cuando esas instancias pierden autoridad simbólica, el joven no queda sin libertad… queda con exceso de libertad sin dirección clara.

En ese terreno pueden surgir episodios de confusión. Y si además no hay retos ni necesidad de esfuerzo, la comodidad constante abre la puerta al aburrimiento. Y el aburrimiento, ya se sabe, es terreno fértil para inventar problemas donde no los hay.

Y como dice el dicho “mente ociosa, taller del diablo.

Esto nos lleva a pensar en un contexto aun más amplio, donde se gestan comportamientos humanos que parecen de otro planeta, un ejemplo, - de muchos-, serían los Therians. Se busca un sentido de la vida por mera necesidad, ante el vacío interior, lo que es muy inherente al ser humano.

Nietzsche temía al “último hombre”: cómodo, satisfecho, convencido de que había inventado la felicidad y que nada merecía ya ser arriesgado.

Dostoyevski, desde otra trinchera, advertía que el ser humano rompería incluso un mundo perfectamente ordenado solo para demostrar que sigue siendo libre, que está ahí, que existe.

Décadas después, Fukuyama en uno de sus libros más polémicos: El Fin de la Historia y el Ultimo Hombre, advertía sobre cierto tipo de ser humano, aburrido por la comodidad, pero también reconoció el riesgo: una sociedad demasiado segura puede volverse espiritualmente plana.

Hoy, en medio de redes sociales y fragmentación comunitaria, esa intuición vuelve con fuerza.

Vivimos en una época paradójica: estabilidad relativa, consumo accesible, derechos formalmente garantizados… y, al mismo tiempo, una sensación difusa de vacío.

El hombre se va sintiendo vacío y ese espacio, seguramente puede ser llenado por lo que sea.

Las grandes narrativas se disolvieron, la comunidad se volvió red e Internet, y la identidad dejó de heredarse para convertirse en proyecto personal permanente. En ese contexto emergen expresiones identitarias intensas —desde tribalismos digitales hasta fenómenos como los Therians— que no necesariamente son patología, sino síntoma cultural.

Cuando el tejido común se debilita, la búsqueda de pertenencia se vuelve más simbólica, más radical, más íntima. Estamos ante el resultado también de la fragmentación social, como si lo otro no fuera suficiente.

Tal vez no estamos ante una crisis material, sino ante una saturación existencial. La sociedad anestesiada que temía Nietzsche se va resquebrajando, rompiendo, por ausencia de significado compartido.

Y en esa fragmentación feliz —donde todo está permitido, pero nada une— surgen nuevas mitologías personales. No como locura colectiva, sino como intento de recuperar intensidad en una modernidad que prometió comodidad y entregó dispersión.

Si Nietzsche diagnosticó al “último hombre” como el habitante satisfecho de una civilización sin grandeza, Dostoyevski fue más lejos: mostró que el ser humano no soporta la perfección mecánica. En Memorias del subsuelo, el narrador advierte que incluso si se construyera un “palacio de cristal” donde todo funcionara racionalmente, el hombre lo rompería por puro capricho, por afirmar su voluntad.

Lo seres humanos no queremos solo bienestar; queremos significado, conflicto, reconocimiento, según lo planteado por el autor en su obra de 1864.

Ese impulso —lo que después Francis Fukuyama llamaría thymos— no desaparece cuando la historia parece estabilizarse. Se desplaza. Si no encuentra cauce en proyectos colectivos, puede replegarse hacia identidades cada vez más particulares.

La fragmentación social no produce necesariamente caos violento; a veces produce microcosmos simbólicos donde el individuo reconstruye intensidad. No es casual que en sociedades altamente administradas emerjan formas identitarias que buscan romper la neutralidad gris del entorno.

Dostoyevski entendió algo que hoy resulta incómodo: el hombre no solo teme al sufrimiento; teme también a la insignificancia. Y cuando la sociedad ofrece seguridad sin trascendencia, la imaginación busca salidas.

Algunas serán políticas, otras espirituales, otras culturales. No todas son patológicas. Pero todas son síntomas de una época que resolvió la supervivencia y dejó pendiente el sentido.


© El Diario