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Mujer fronteriza

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27.02.2026

Ser mujer aquí no es una condición ni un género: es una geografía, un territorio lleno de condiciones, un mapa atravesado por todo lo que implica: riesgo, fortaleza, fe, supervivencia. Aquí la línea no solo divide países; divide infancias, acentos, monedas, sueños. La frontera no es una raya en el mapa: es una forma de crecer. Y las mujeres —desde niñas— aprendemos pronto que vivir aquí es caminar con un pie en la esperanza y otro en la resistencia.

Sabemos de vientos fuertes y de noticias duras. Sabemos que hay calles que se nombran en voz baja y cruces que pesan más que otras. Pero también sabemos remontar papalotes en el polvo, brincar banquetas rotas, inventar juegos entre casas de block, de ladrillo, de cartón y patios diminutos.

Aprendemos inglés viendo caricaturas, fortaleza escuchando a nuestra madre y nuestras hermanas. Muchas veces, sin que nadie nos lo diga, aprendemos que debemos cuidarnos y cuidar.

La adolescente juarense crece viendo hacia el norte, pero con raíces hundidas en esta tierra áspera. Vive entre dos músicas, dos banderas, dos formas de entender el mundo. Se maquilla para la fiesta del sábado y, al día siguiente, acompaña a su abuela al mercado. Sueña con becas, con visas, con carreras que la lleven lejos… pero también con volver. Porque algo tiene esta ciudad que, aun cuando duele, llama.

La mujer joven trabaja, estudia, emprende. Cruza puentes internacionales para laborar en El Paso o se queda sosteniendo la economía desde este lado. Sabe lo que es ganar en dólares y gastar en pesos; sabe lo que es hacer cuentas con el corazón apretado. Y, aun así, sonríe. No por ingenuidad, sino por terquedad luminosa.

Vivimos con memoria. No podemos dejar de hacerlo. Esta ciudad ha sido herida muchas veces, y el cuerpo femenino ha sido territorio de violencia. Pero también ha sido territorio de dignidad. Aquí las mujeres no solo sobreviven: se organizan, denuncian, marchan, escriben, oran, abrazan. Hacen comunidad en medio del miedo. Tejen redes invisibles que sostienen barrios enteros.

Y en esa frontera que parece dividirlo todo, ellas unen. Unen generaciones: la abuela que guarda recetas y rezos; la madre que multiplica el tiempo; la hija que cuestiona; la nieta que ya no quiere callar. Unen culturas: la indígena que trajo su lengua desde el sur y la mezcla con el español, con los idiomas y acentos cotidianos; la migrante que llegó buscando trabajo y terminó encontrando casa. Unen también dolores y esperanzas, porque aquí nadie es del todo de un solo lado.

Es frontera porque es tránsito, pero también es raíz. Es puente y es muralla. Es quien despide al que se va y quien recibe al que llega. Es quien borda nombres que no deben olvidarse y quien escribe futuros que todavía no existen.

Quizá por eso, hablar de la mujer de Juárez no es hacer una lista de oficios ni de luchas —aunque las tenga todas—, sino reconocer que aquí la mujer no habita la frontera: la encarna. Y, mientras el viento levanta polvo sobre el desierto, mientras las luces del otro lado titilan cada noche como promesa o tentación, ellas siguen aquí. Criando niñas valientes. Acompañando adolescentes que ya no aceptan el silencio. Sosteniendo hogares, escuelas, hospitales, templos, calles. Sosteniendo, en realidad, la respiración misma de una ciudad difícil. Porque, si algo define a esta tierra, no es la línea que la divide, sino las mujeres que, día a día, la vuelven hogar.

Por eso, en el preámbulo de marzo 8, no creemos en festejos ni protocolos, sino más bien en homenaje, en honor; nunca en figuras aisladas, sino en un solo rostro tejido de todos los que esta ciudad a veces prefiere no ver ni escuchar: la consagrada y la obrera, la buscadora y la adolescente que despierta a la conciencia; la profesionista que dirige empresas y la que limpia oficinas de madrugada; la que cruza puentes con papeles en regla y la que sobrevive sin certezas; la que pide una moneda en el semáforo y la que vende su cuerpo en calles que muchos transitan, pero pocos reconocen como responsabilidad colectiva. No están ahí por destino romántico ni por elección simple: están ahí porque la desigualdad también tiene geografía, y la frontera reparte oportunidades con la misma facilidad con que reparte ausencias y silencios.

En Ciudad Juárez ninguna mujer es un caso aislado. Cada historia está atravesada por un sistema que exige el doble esfuerzo para obtener la mitad del reconocimiento. Y, aun así, ninguna sobra. Ninguna debería ser invisible. Todas —la niña que aprende a cuidarse demasiado pronto, la adolescente que ya no quiere callar, la madre que sostiene sola, la que resiste en la esquina, la que dirige, la que busca, la que ora— han puesto algo de sí para que esta ciudad no termine por quebrarse. Si Juárez ha sido nombrada por su violencia, que también sea nombrada por la dignidad obstinada de sus mujeres. Porque la verdadera frontera no está en el río ni en el muro: está entre la indiferencia y la justicia. Y ellas, todos los días, la cruzan primero.


© El Diario